En el verano de 1932, las calles de las grandes ciudades estadounidenses muestran el rostro desolador de la Gran Depresión: niños sin escuela, hombres desocupados, familias enteras en busca de alimentos.
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En el verano de 1932, las calles de las grandes ciudades estadounidenses muestran el rostro desolador de la Gran Depresión: niños sin escuela, hombres desocupados, familias enteras en busca de alimentos. En este escenario de crisis total, Franklin Delano Roosevelt se alza como la esperanza de transformación. Este libro recorre la ascensión de Roosevelt desde su trayectoria política hasta su llegada a la Casa Blanca, analizando cómo el New Deal reorganizó la economía y la sociedad norteamericana mediante un ambicioso programa legislativo de cien días.
Verano de 1932. En las calles de las grandes ciudades estadounidenses se despliega un cuadro de desolación sin precedentes: niños sin escuela, hombres sin trabajo, madres que salen cada mañana en busca de alimentos para sus familias. En el campo, pequeños cultivadores son expulsados de sus granjas. Los trenes son asaltados por grupos de desesperados. Las fábricas, cuando funcionan, hierven de malestar y protesta. Tres años después del crack de 1929, el desempleo supera los doce millones.
En medio de este colapso, Franklin Delano Roosevelt emerge como la figura capaz de encarnar el cambio que la nación reclama. Nacido en 1882 en una familia aristocrática del Hudson, su carrera política había seguido una trayectoria convencional: senador de Nueva York, subsecretario de Marina bajo Wilson, aspirante a vicepresidencia. Un ataque de poliomielitis lo dejó postrado, pero de su dolorosa recuperación surgió una nueva estatura política. Gobernador electo de Nueva York, Roosevelt ganó la presidencia en 1932 con una promesa simple y poderosa: el Nuevo Trato, una transformación radical de la relación entre el Estado y la economía.
Sus primeros cien días en el cargo fueron vertiginosos. Apenas asumió, ordenó una breve vacación bancaria que permitió estabilizar el sistema financiero. Días después, en sus primeras Charlas junto al fuego radiodifundidas, pidió a los ciudadanos que recuperaran la confianza en los bancos. Millones acudieron a depositar sus ahorros. Lo que siguió fue un torrente legislativo sin precedentes: leyes sobre emergencia bancaria, conservación ambiental, auxilio a estados, reformas agrícolas, protección de hipotecas, regulación de valores, empleo de jóvenes, control industrial. Cada acta representaba una intervención deliberada del Estado en áreas que el capitalismo tradicional consideraba sagrosantas.
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