Al entierro de Severina García Rodríguez, la asesina que mató a ocho miembros de una familia en Noguerones hace dos décadas, solo asistieron dos hombres.
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Al entierro de Severina García Rodríguez, la asesina que mató a ocho miembros de una familia en Noguerones hace dos décadas, solo asistieron dos hombres. Raquel, reportera auxiliar en un periódico nacional, descubre este caso olvidado mientras investiga crímenes similares. El pueblo donde ocurrieron los hechos es cercano a su región natal, transformando este reportaje en una oportunidad inesperada de retorno. Conforme avanza su investigación, Raquel debe confrontar los secretos que rodean a Severina y los fantasmas de su propio pasado.
Cuando enterraron a Severina García Rodríguez, solo dos hombres acompañaron su cuerpo al cementerio. El pueblo de Noguerones, en la provincia de Jaén, se había negado en redondo a presenciar el sepelio de la mujer que hace más de veinte años asesinó brutalmente a siete de los ocho hijos de Antonio Márquez y a su esposa Emilia Serrano. Los vecinos no habían olvidado aquella mañana del 25 de agosto de 1986, cuando los gritos desgarradores rompieron la paz del municipio.
Raquel trabaja como reportera auxiliar en un periódico nacional desde hace tres años. Después de renunciar a ascensos y oportunidades, se ha conformado con tareas administrativas, colaborando ocasionalmente con su compañera Lucía en reportajes menores. Un día, mientras busca en Internet sucesos similares al de una familia asesinada en Kansas, descubre un artículo sobre el caso de Severina. Algo detiene su lectura: Noguerones es cercano al pueblo donde pasó su infancia, donde vivieron su madre y sus abuelos, un lugar que ha evitado revisitar durante años.
La coincidencia parece un signo inequívoco. Es miércoles y aún tiene tiempo. Puede desplazarse al pueblo jiennense y reunir la historia completa antes del sábado. Con decisión inesperada en ella, se dirige al despacho del redactor jefe Camacho. Aunque él muestra escepticismo respecto a sus habilidades como reportera de investigación, accede a financiar un día de su viaje.
El viaje en tren hacia Jaén despierta en Raquel una sensación que creía dormida. A medida que se aleja de su vida actual —de Pedro, su pareja absorbente cuya presencia ha ido sofocando lentamente su voluntad—, siente que algo dentro suyo renace. En el tren, relee el artículo sobre Severina y observa la fotografía antigua que la muestra: una mujer morena de grandes ojos negros, peinada con largas trenzas, con una expresión que transmite una bondad inquietante. Los vecinos la describían como una persona religiosa, devota, siempre dispuesta a ayudar a los demás. ¿Qué había causado que una mujer así cometiera semejante atrocidad?
Mientras el tren cubre los kilómetros que la separan de Noguerones, Raquel se abandona a los recuerdos de su infancia en aquellas tierras: los olivares donde corría entre su padre y su abuelo, las manos curtidas de su abuela que retiraban tallos de aceitunas con destreza, los días largos bajo el sol de Jaén. Esos recuerdos son principalmente dulces, pero uno de ellos es lo suficientemente horrible como para haber mantenido alejada del pueblo durante años.
Por su parte, en un centro psiquiátrico, Severina aguarda la muerte como quien espera un reencuentro con una vieja amiga. Mira por la ventana mientras cae la tarde, acaricia sus trenzas de pelo blanco, y piensa en la eternidad que pronto la alcanzará. Su historia y la de Raquel se cruzarán en el transcurso de la investigación, llevando a la reportera a confrontar no solo los secretos enterrados hace décadas, sino también los rincones más oscuros de su propio pasado.
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