En un ático de San Francisco, Douglas Kirby es interrogado brutalmente por tres agentes que aparentan ser G-Men, pero que en realidad trabajan para Maxim Sinistra.
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En un ático de San Francisco, Douglas Kirby es interrogado brutalmente por tres agentes que aparentan ser G-Men, pero que en realidad trabajan para Maxim Sinistra. Las manos atadas, bajo la amenaza de torturas eléctricas, Kirby se niega a revelar qué buscaba entre los papeles del piso. Su silencio lo mantiene vivo hasta que Chester Rodney, un agente del FBI, llega justo a tiempo para interrumpir la ejecución. La misión de recuperar un álbum de fotografías ha fallado, y La Voz, el misterioso jefe de la sección de choque, espera explicaciones sobre el desastre.
En una noche sofocante de julio, en el ático de un rascacielos de San Francisco, Douglas Kirby se ve atrapado en un interrogatorio que lo llevará al borde de la muerte. Sentado en un diván con las manos y codos inmovilizados mediante esparadrapo y cadenas, su rostro ensangrentado refleja la determinación de quien comprende el peligro extremo que enfrenta. Tres hombres lo rodean con clara intención de violencia: Cornel Chandler, adiposo y de mirada carente de humanidad; Dago Prescot, elegante en sus movimientos aunque brutal en sus actos; y Smarty, corpulento y metódico en su crueldad. Todos portan el escudo distintivo de los G-Men, los agentes de la policía privada estadounidense, pero Kirby pronto advierte que la insignia es una falsa cobertura.
El interrogatorio comienza con preguntas aparentemente simples sobre qué buscaba en los cajones de la oficina y, más grave aún, sobre la muerte de John Ferguson. Kirby mantiene su silencio, su terquedad alimentada por la certeza de que cualquier confesión lo condenará. Los bofetazos llegan primero, luego la deshidratación deliberada bajo el sofocante calor de la madrugada, después la amenaza inminente de un hornillo eléctrico. Kirby persiste en su resistencia, conociendo que hablar equivale a sellar su destino.
Pero antes de que los torturadores ejecuten su amenaza, Chester Rodney, agente destacado de la sección de choque del FBI, asciende por la escalera de incendios en una maniobra casi acrobática sobre el abismo urbano. Su llegada desata un caos de disparos precisos, muertes instantáneas y cristales rotos. Rodney mata a Smarty en un duelo de precisión casi imposible, rescatando a Kirby en el momento exacto en que la ejecución era inminente. Sin embargo, Chandler y Prescot logran escapar por los ascensores, no antes de asesinar al agente Perkins en el pasillo.
La misión ha fracasado completamente. Buscaban un álbum de fotografías del apartamento de Maxim Sinistra, un objetivo que supuestamente nadie debería conocer. Que lo esperaran allí, exactamente en el momento previsto, sugiere algo inquietante: traición interna. Cuando Chester Rodney enfrenta después a La Voz, el misterioso jefe de la sección de choque que habla desde una habitación vacía a través de un altavoz, descubre que su desempeño será juzgado sin piedad. La Voz no tolera el fracaso, y su ironía cortante resulta más hiriente que cualquier grito de cólera.
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