En Malasaña, una lectora de posos de café augura lágrimas para una mujer. Años después, en estaciones de tren de Madrid, la predicción se materializa.
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En Malasaña, una lectora de posos de café augura lágrimas para una mujer. Años después, en estaciones de tren de Madrid, la predicción se materializa. Foncho, un peruano de ojos claros, entra y sale de su vida en ciclos de esperanza y desencanto. Entre encuentros en habitaciones compartidas, despedidas en andenes y silencios telefónicos prolongados, ella vive una relación que nunca termina de definirse. Ni amigos, ni pareja. Solo dos personas atrapadas en un patrón de sexo sin compromiso, nostalgia y la creencia de que el destino alguna vez las unirá para siempre.
Una mujer trabaja en estaciones de tren de Madrid, en aquel año 2008. Una lectura de posos de café en Malasaña le augura un futuro de lágrimas causadas por alguien de ojos claros y bonita cara. La predicción parece cumplirse cuando Foncho, un peruano que viaja entre ciudades, la llama tras meses de silencio absoluto. Dice que necesita quedarse hasta el domingo, que tiene un pasaje de tren de ida y vuelta para el mismo día. Ella lo espera en la estación Cerveza Espumosa, donde trabaja, donde ya se vieron el año anterior en dos ocasiones.
Lo que comienza como un reencuentro se convierte rápidamente en un patrón repetido que marcará su vida durante años. Encuentros fugaces separados por semanas, meses, continentes. En la pequeña habitación compartida del piso, entre empleados ferroviarios que cuchichean de envidia y una compañera de cuarto hostil, ambos se aman de una forma que nunca llega a definirse completamente. Para ella, Foncho es más que un amigo pero menos que un novio. Para él, ella parece ser un puerto donde recalar cuando las aguas del viaje lo traen hacia Madrid, un refugio temporal pero no permanente.
Los meses que siguen transcurren en un ciclo agotador de esperanza y desencanto. Él desaparece telefónicamente durante días sin razón aparente, ella espera con una fidelidad dolorosa que luego reprueba en sí misma. Una falsa alarma de embarazo la sume en depresión posterior. Él besa a otras chicas y se lo confiesa con naturalidad de alguien que no entiende el daño que causa. Ella se comunica con otros hombres, pero la verdadera comunicación ocurre solo cuando están juntos, en encuentros íntimos sin protección y sin un futuro aparente.
En octubre, cuando finalmente Foncho viaja a Perú, una última llamada la devuelve al presente. Su vuelo se cancela, consigue otro a medianoche, y la necesita. Ella abandona el trabajo, va al hotel con el pelo mojado y el corazón ilusionado, el respeto por sí misma olvidado. En esas últimas horas antes de su partida que se siente definitiva, discuten de nuevo sobre las mismas cosas. Él se niega a acompañarla a trabajar, ella insiste con obstinación. Terminan en el Cerveza Espumosa: el primer lugar donde se vieron esa temporada y, sin que lo sepan aún, el último. Poco después se despide, dejando una pregunta sin respuesta.
Envuelta en metáforas ferroviarias constantes, la narrativa teje una historia de dos personas atrapadas en un viaje que se renueva y se disuelve con cada llegada y partida. Una relación donde el destino parece el peor de los patanes, jugando permanentemente con sus emociones cada vez que ambos creen que todo podría ser radicalmente diferente.
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