El Duque de Mortlyn despierta en Londres con los efectos de una noche de exceso. A los treinta y tres años, bello, muy rico y casi tan importante como la Familia Real, rechaza el matrimonio convencido de que el aburrimiento es inevitable.
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El Duque de Mortlyn despierta en Londres con los efectos de una noche de exceso. A los treinta y tres años, bello, muy rico y casi tan importante como la Familia Real, rechaza el matrimonio convencido de que el aburrimiento es inevitable. Su secretario Watson le presenta asuntos urgentes: el fallecimiento del vicario, la propuesta de ceder una casa ancestral a la hija del párroco —reputada «Bruja Blanca» por sus sorprendentes curaciones— y los gastos exorbitantes de su sobrino Oliver con una cortesana. El duque, escéptico y obstinado, debe partir a su finca ancestral donde lo inesperado lo aguarda.
Londres, 1870. El Duque de Mortlyn despierta con resaca, irritado porque la champaña de Lady Bramwell no fue de su gusto. A los treinta y tres años, bello por naturaleza, extraordinariamente rico y de rango solo inferior al de la Familia Real, ha rechazado siempre el matrimonio. Está convencido de que el aburrimiento lo alcanzaría inevitablemente, incluso cuando su anciana abuela lo implora que se case y tenga un heredero que evite que su primo Giles herede el título. Esa mañana, antes de partir a su ancestral finca de Mortlyn, su secretario Watson le presenta varios asuntos de atención. Uno aparentemente simple: la hija del vicario fallecido, la señorita Linton, necesita una vivienda. Pero la complejidad aumenta cuando Watson sugiere que ocupe El Palomar, una pequeña casa isabelina que el duque ama profundamente por su belleza arquitectónica. La irritación del duque crece al descubrir que la señorita Linton es conocida en toda la región como una «Bruja Blanca»: no por brujería oscura, sino porque donde los doctores fallan, ella efectúa curaciones casi mágicas usando hierbas y plantas. Es la persona más buscada en decenas de kilómetros a la redonda. Su extraordinaria competencia lo inquieta, y decide que antes de partir la entrevistará personalmente para determinar si merece El Palomar. Internamente, ya ha decidido que no. Watson añade un problema adicional: el sobrino del duque, Oliver Digby, ha girado cheques por cuatro mil libras en dos semanas. Está enamorado de Connie, una cortesana célebre por vaciar rápidamente los bolsillos de sus admiradores. El duque, quien prometió a su hermana Violet —ahora en la India— que cuidaría de Oliver, debe confrontar la disipación de su sobrino y decidir si revelará estos gastos excesivos. En la encrucijada entre sus convicciones sobre la naturaleza humana y su obligación familiar, el duque se prepara para regresar a Mortlyn, donde lo aguarda algo que sus años de cinismo quizá no lo han preparado para enfrentar.
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