Un historiador abandona su libro sobre Isaac Newton para recluirse en una casa de campo irlandesa. Desde la casa del guarda, observa a través de las ventanas la vida cotidiana de los Lawless: Charlotte con sus botas llevando comida a las…
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Un historiador abandona su libro sobre Isaac Newton para recluirse en una casa de campo irlandesa. Desde la casa del guarda, observa a través de las ventanas la vida cotidiana de los Lawless: Charlotte con sus botas llevando comida a las gallinas, Ottilie en trance matinal con un niño de la mano. La realidad interfiere en su obra; objetos, paisajes, personas reales se interponen. En esa tensión entre la Historia ajena y la vida ordinaria que lo rodea, algo empieza a torcerse.
Un historiador envía una carta disculpándose a Clío. Ha abandonado su manuscrito sobre Isaac Newton después de siete años. No está loco, dice, sino retirado de la vida. La primacía del texto ha fallado; personas reales, objetos, paisajes se interponen como obstáculos infranqueables.
Se instaló en Ferns, una casa de campo irlandesa, esperando completar su obra alejado de distracciones. Pero Ferns no es el retiro puro que imaginaba. Es una mole con hiedra descascarillada, rodeada de ruido incesante: terneros, tractores, perros ladrando toda la noche.
Lo perturbador es la vida que se despliega desde su ventana. Charlotte Lawless baja con botas de goma llevando comida a las gallinas. Ottilie aparece somnoliente con un niño de la mano. Edward surge de entre los setos con una hoja en el pelo, respirando pesadamente como quien espera entre carreras. Son patricios arruinados, protestantes terratenientes cuyas fortunas se han gastado en impuestos, pero que soportan sus pérdidas con gracia inimitable. Para el historiador, que viene de un medio católico, son criaturas perfectas, aunque lo irónico es que su refinamiento se expresa en botas de goma y jerseys abolsados, en esa vulgaridad que se vuelve inimitable.
Ottilie baja a visitarlo con huevos. Tiene veinticuatro años, quiere ir a la universidad. Su voz es incongruente con su cuerpo grande, leve como un oboe. Algo gira en él mientras ella observa sus papeles bajo la luz del sol.
El historiador recuerda su infancia, trenes hacia Dublín, un paisaje ensamblándose en el hielo, una casa silenciosa y cuadrada que lo hipnotizaba con sus enigmas ordinarios. Ahora contempla otra casa con la misma remota lascivia: la casa del guarda, a doscientos metros, pero inevitablemente presente. Los domingos la campana resuena, sale un coche anticuado, Edward sube la cuesta balanceando hombros, entra, se cierra la puerta.
Todo parece una pantomima pastoril. Pero algo ha comenzado a cambiar, una perturbación que siente como un tumor, duro e indoloro. La inocencia de las cosas, su no complicidad en los asuntos humanos, lo reclama desesperadamente. Desagües y nubes importan más que sus propias palabras. Y entonces ve una rata en la hierba. O cree verla. En realidad, durante todo su tiempo en Ferns nunca vio señal alguna de rata. Era solo la idea.
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