Julia Ibáñez pasa su trigésimo segundo cumpleaños en una sala de espera, esperando descubrir la verdad sobre su origen. Una tía desconocida la ha nombrado heredera de una casa solitaria, pero la herencia viene cargada de condiciones:…
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Julia Ibáñez pasa su trigésimo segundo cumpleaños en una sala de espera, esperando descubrir la verdad sobre su origen. Una tía desconocida la ha nombrado heredera de una casa solitaria, pero la herencia viene cargada de condiciones: cuidar ciento dos gatos, permanecer allí un año, esperar seis meses a que se libere el dinero. Lo que promete ser su escape de una vida gris y monótona se convierte en el descenso a un caserón ruinoso rodeado de incertidumbre, donde Julia deberá enfrentar tanto su pasado oculto como los enigmas que guardan esas viejas paredes.
Julia Ibáñez se sienta en la fría sala de espera de un despacho de abogados el día de su cumpleaños, esperando respuestas que le devuelvan un sentido de pertenencia robado años atrás. Una llamada telefónica inesperada le reveló que una tía, de cuya existencia ignoraba todo, la ha dejado como única heredera. A los treinta y dos años, recién descubierto que fue adoptada, Julia ve en esta oportunidad la posibilidad de finalmente conocer sus raíces, esas raíces que sus padres adoptivos se negaron obstinadamente a revelarle.
Lo que el licenciado Ortiz desglosa tras leer el testamento de Amelia De la Rentería resulta ser tan complejo como enredado. La herencia, lejos de ser un simple regalo, viene acompañada de condiciones inusuales: cuidar de ciento dos gatos que su tía dejó tras de sí; permanecer en la propiedad durante un año completo; el dinero quedará bloqueado en un fideicomiso por seis meses. Cualquier incumplimiento significará entregar todo a un sacerdote para beneficio de su orfanato.
Necesitada y sin opciones, Julia acepta esta herencia problemática. Lo que la espera no es la romántica hacienda que imaginó, sino un caserón en ruinas ubicado a las afueras de un pueblo desconocido. Entre hierbajos silvestres, ventanas oxidadas y paredes que vieron tiempos mejores, Julia comienza a comprender que aquella casa guardaba misterios que ni siquiera su tía, con su insistencia cryptica en que «siempre tenía que haber un De la Rentería para mantener el equilibrio», podría haber revelado completamente.
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