Lluvia en Madrid. Bárbara espera en el portal de una casa para ver una habitación en alquiler, pero sus lágrimas se confunden con las gotas que caen del cielo.
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Lluvia en Madrid. Bárbara espera en el portal de una casa para ver una habitación en alquiler, pero sus lágrimas se confunden con las gotas que caen del cielo. Allí conoce a Lúa, una maquilladora de cine con los ojos enormes y la mirada curiosa de quien mira el mundo con perplejidad. Entre ambas nace una amistad que sostiene a una mujer que intenta sobrevivir a una ruptura amorosa que la va desmoronando poco a poco, mientras trabaja como auxiliar de vuelo y recorre el mundo fingiendo estar bien.
En una lluviosa tarde de octubre, Bárbara llora en el portal de una casa mientras espera ver una habitación en alquiler. La ruptura con El Hombre Más Maravilloso del Mundo la ha dejado en un bucle destructivo de esperanza y desesperación: llora para desprenderse del dolor, creyendo que después todo irá bien, pero horas más tarde regresa la melancolía y la certeza de que todo irá mal. Como auxiliar de vuelo, despierta cada día en un lugar distinto, desorientada en el tiempo y el espacio, incapaz de encontrar placer en el trabajo que antes le parecía divertido.
Lúa abre la puerta del apartamento con la naturalidad de alguien que sabe que el mundo no deja de sorprenderla. Es maquilladora de cine y teatro, aunque en realidad gana dinero maquillando a tertulianos en televisión, porque en España los del cine son, como ella dice, los más puteados por la crisis. Tiene treinta años como Bárbara, ojos enormes que miran con curiosidad, y un lenguaje corporal que dice: “mirad, aquí no encajo de coña, pero lo llevo bien, hay cosas peores”.
Entre ellas surge algo más que una relación de inquilinas. La convivencia es rodada desde el principio, y Lúa se convierte en testigo de los cambios de humor de Bárbara, de sus lloreras espontáneas, sin juzgarla nunca. Algunas noches proponen planes fingiendo no ver la tristeza; otras, Bárbara se desahoga en interminables charlas que terminan con ella borracha o llorando o ambas cosas a la vez. Comparten pasión por la política, el feminismo, el cine y el pan con Nocilla. Hablan de huracanes con nombres de mujer, del machismo, de cómo la sociedad culpa a las mujeres de su propia desgracia.
El relato también regresa al momento en que Bárbara, cinco años atrás, decidió solicitar trabajo como auxiliar de vuelo. Con veinticinco años, llegó a Madrid en el primer AVE de la mañana desde Sevilla, agotada pero emocionada. El proceso de selección de Aerospain la confrontó con candidatos que parecían más experimentados, más elegantes, más seguros de sí mismos. Tuvo que pasar pruebas de peso y altura, competir con gente que ya había volado en otras compañías. Pero algo en ella, a pesar del miedo y la inseguridad, la impulsó a intentarlo.
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