En un verano de paz aparente, el joven cuestor Decio Cecilio Metelo presencia el triunfo de Lúculo en el Foro romano. Contempla el desfile de trofeos, armas y tesoros de Oriente, los rituales de una república en apogeo.
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En un verano de paz aparente, el joven cuestor Decio Cecilio Metelo presencia el triunfo de Lúculo en el Foro romano. Contempla el desfile de trofeos, armas y tesoros de Oriente, los rituales de una república en apogeo. Pero quien relata desde el futuro sabe que fue el último verano antes de que las guerras civiles devoren Roma. La novela reconstruye estos días finales con la ironía de quien conoce el fin de una era.
En un hermoso verano de paz y prosperidad, el joven Decio Cecilio Metelo ejerce como cuestor, el más bajo de los magistrados romanos. Su tarea es vigilar el Tesoro en el templo de Saturno, supervisando a los esclavos públicos que custodian las riquezas del estado. Desde esta posición privilegiada presencia el esplendoroso triunfo de Lúculo, el general que regresa victorioso de sus campañas en Oriente tras años de ausencia.
La procesión recorre el Foro cubierto de flores y perfume: trompeteros suenan sus instrumentos con estruendo, portaestandartes de las legiones avanzan, carrozas transportan enormes cuadros de batalla, soldados vestidos de blanco lucen coronas doradas y ramas de palma. Luego vienen los trofeos: árboles de bronce cargados de armas capturadas al enemigo, espadas refulgentes, escudos pintados, cascos con plumas. Y el botín que hace gritar al pueblo: fuentes de oro sólido, copas adornadas con joyas preciosas, seda teñida de colores deslumbrantes que vale más que su peso en oro, barras de plata y oro del tamaño de ladrillos, obras maestras de arte oriental saqueadas de ciudades griegas. Roma encuentra en el saqueo y la rapiña una parte fundamental de su alma.
Pero quien narra estos hechos, años después, sabe la verdad que ninguno de los presentes podía imaginar: aquella fue la última celebración de la República antes de que todo se desmorone. Los conflictos políticos entre facciones rivales, particularmente entre Pompeyo y otros generales militares, erosionan lentamente la concordia aparente de la ciudad. En las calles aparecen figuras como Marco Porcio Catón, el severo tribuno que rechaza el lujo y los zapatos, quien encarna la antigua virtud de los romanos ancestrales y advierte constantemente contra los excesos que corroen la República.
Con prosa serena y reflexiva, la novela reconstruye estos días finales no como un catáclismo anunciado, sino como un verano más: plácido en la superficie, cargado de ironía desde la perspectiva de quien escribe sabiendo exactamente lo que vendrá. Es la Roma de los últimos Metelos, de los rituales antiguos que nunca se suspendieron, de la abundancia que parecía eterna. Un testimonio íntimo de cómo una era muere mientras los hombres cenan en el Foro adornado con flores, ignorantes del colapso que transformará el mundo.
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