Un pintor joven entra a una habitación y encuentra a Alma Mahler, viuda del compositor Gustav, sentada al piano. Ella toca y canta la «Muerte de amor» de Isolda solo para él.
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Un pintor joven entra a una habitación y encuentra a Alma Mahler, viuda del compositor Gustav, sentada al piano. Ella toca y canta la «Muerte de amor» de Isolda solo para él. Es el comienzo de una pasión que durará casi tres años: Oskar Kokoschka y Alma Mahler se aman con furor, pero sus encuentros se tiñen de celos, posesión e imposiciones. Cuando ella finalmente lo abandona, Kokoschka deambula bajo sus ventanas, incapaz de soltarla. Años después, encarga la construcción de un simulacro perfecto: una muñeca que replica cada detalle de su obsesión. La novela rastrea esta obsesión dentro de la tradición histórica de simulacros femeninos, desde Helena en Eurípides hasta el Pigmalión de marfil.
La historia comienza en Viena a principios del siglo veinte, cuando el pintor Oskar Kokoschka, controvertido y apasionado, conoce a Alma Mahler en casa de su padrastro. Alma es la viuda del compositor Gustav Mahler, bella, culta, acostumbrada a los salones de la élite intelectual vienesa. Su encuentro es fulminante. Kokoschka la retrata en un primer momento, pero enseguida la relación trasciende la profesión y deviene obsesión mutua. Durante casi tres años, comparten una pasión ardiente, aunque marcada por los celos de Kokoschka, quien teme la influencia de su anterior vida, sus amistades, su historia. Ella soporta sus prohibiciones, sus vigilancias, sus resentimientos. Cuando queda embarazada, Kokoschka llega a reprocharle que su hijo podría parecerse a Mahler. Alma, herida, se somete a un aborto. Algo se quiebra irreparablemente en esa clínica vienesa. Poco después, ella lo abandona. Kokoschka deambula bajo sus ventanas noches enteras, buscando la muerte. Se alista como voluntario en la guerra. Pero años después, cuando regresa de la Primera Guerra Mundial, la obsesión resurge. Incapaz de poseer a Alma en la realidad, encarga a un taller la construcción de una muñeca perfecta, un simulacro en todos los sentidos: que respira, que habla, que replica cada gesto y cada forma de la mujer que lo obsesiona. Esta obsesión se sitúa dentro de una antigua tradición de simulacros femeninos que el libro rastrea desde la antigüedad clásica: desde la Helena que Hermes sustituye en Eurípides, pasando por el Pigmalión que esculpe su mujer ideal en marfil, hasta el relato de Tommaso Landolfi sobre la mujer de Gógol, una muñeca hinchable metamórfica.
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