Un Cadillac de última generación se detiene frente a una mansión en San Francisco. Sus ocupantes portan una misión trazada hasta el detalle: el asesinato de once personas.
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Un Cadillac de última generación se detiene frente a una mansión en San Francisco. Sus ocupantes portan una misión trazada hasta el detalle: el asesinato de once personas. En poco más de minutos, la residencia Melbourne se convierte en un escenario de horror. Una masacre ejecutada con la frialdad de profesionales. Pero la muerte ha dejado un testigo accidental: Yolanda Winter, diecisiete años, que se ocultaba cuando los sicarios llegaron. Su supervivencia abre una investigación que el inspector Coleman llevará hasta el corazón de un crimen sin piedad.
En una tranquila calle de San Francisco, un automóvil Cadillac de lujo aguarda con paciencia. Dentro viajan dos hombres: uno tuerto, de gafas negras, con la sangre helada del asesino profesional; otro que conduce con la precisión de quien cumple un encargo sin titubeos. La residencia Melbourne es su destino, una mansión estudiantil donde once jóvenes viven sus últimas horas sin saberlo.
La masacre se ejecuta con metodología quirúrgica. Pistolas silenciadas, movimientos precisos, una contabilidad macabra de muertes. Ni un detalle al azar, ni un momento de duda. Los asesinos conocen cada rincón de la casa, cada dormitorio, cada rostro que ha de caer. La muerte llena cada espacio: en la biblioteca, en los pasillos, en el cuarto de baño. Sonrisas de acero, balas sin eco, cuerpos que no vuelven.
Pero la perfección del crimen tiene una grieta microscópica. Una joven llamada Yolanda Winter, diecisiete años, se había colado en la residencia por una ventana buscando un momento de soledad con su novio. Cuando la masacre comienza, una mesa volcada y un instante de confusión salvan su vida. Mientras respira debajo de una mesa, escuchando los taponazos silenciosos de las armas, Yolanda comprende que está rodeada de muerte. Su primer acto de superviviente es no gritar.
La policía de San Francisco llega con la urgencia de quienes descubren lo inimaginable. Entre los escombros del horror se presenta el inspector Coleman, un hombre que parece traer calma en su presencia, que observa a Yolanda no como un testigo más sino como una superviviente que necesita consuelo. Ella tendrá que relatar los segundos más terribles de su vida mientras la investigación comienza a tejer las primeras hebras que conducirán hacia los responsables de esta danza de la muerte.
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