"Es de noche, en mi estudio, rodeado de libros silenciosos." Treinta años antes de su muerte, Unamuno imaginó así su fin en Nochevieja. Este prólogo retrata al intelectual que nunca permitió ser clasificado, un pensador en permanente…
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"Es de noche, en mi estudio, rodeado de libros silenciosos." Treinta años antes de su muerte, Unamuno imaginó así su fin en Nochevieja. Este prólogo retrata al intelectual que nunca permitió ser clasificado, un pensador en permanente contradicción consigo mismo. Rechazó toda etiqueta, toda ideología cerrada. Su tragedia definitiva llegó con la Guerra Civil: inicialmente respaldó el alzamiento militar, creyendo una continuidad republicana, pero pronto vio la verdad. Atrapado en Salamanca, condenado al silencio, enfrentó el castigo que para él era más mortal que la muerte física: la privación de la palabra.
Miguel de Unamuno fue un hombre inabarcable para la clasificación política o ideológica. Su pensamiento operaba dialécticamente, en una sucesión infinita de tesis y antítesis que rechazaba las síntesis conciliadoras. Cuestionaba constantemente, incluso a sí mismo, considerándose único, incomparable. Su forma de pensar era inseparable de su forma de vivir: una permanente agonía, una lucha contra las definiciones, contra los dogmas, contra los que pretendían encajonarlo.
Con la Segunda República sintió brevemente esperanza y fue reconocido como ciudadano de honor. Sin embargo, su naturaleza crítica pronto lo situó nuevamente contra el poder gobernante. Cuando estalló el alzamiento militar en julio de 1936, Salamanca, donde residía, se convirtió en zona controlada por los sublevados. En esos primeros momentos confusos, donde los golpistas lanzaban mensajes de salvación republicana, Unamuno creyó poder ser un elemento de continuidad. Los militares, astutamente, cultivaron su apoyo.
Pero el 12 de octubre, en el paraninfo de la Universidad, Unamuno pronunció palabras que se convirtieron en el quiebre irreversible. Su elogio a José Rizal fue visto como traición. Inmediatamente pasó de presunto aliado a enemigo potencial. Le arrebataron la palabra, lo confinaron en su propia casa, lo condenaron al silencio obligado. Para Unamuno esto era equivalente a la muerte: la existencia verdadera solo era posible “en la palabra”.
Durante los últimos meses de 1936, vivió en angustia plena, consciente de lo que se avecinaba. Treinta años atrás había imaginado poéticamente en Nochevieja esta escena: solo en su estudio, entre libros mudos, escribiendo lo que podría ser su testamento. Esa premonición adquiriría carácter fatídico al ocurrir exactamente en el último día del año más devastador de su vida, acorralado entre dos bandos que lo repudiaban.
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