Un licenciado en Filología Clásica cuestiona el fracaso sistemático de cómo se enseña latín y griego en España. A través de su propia trayectoria educativa, desde una escuela experimental madrileña hasta el bachillerato, el autor expone…
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Un licenciado en Filología Clásica cuestiona el fracaso sistemático de cómo se enseña latín y griego en España. A través de su propia trayectoria educativa, desde una escuela experimental madrileña hasta el bachillerato, el autor expone una realidad incómoda: la mayoría de profesores de Clásicas, tras años de estudio, son incapaces de leer, escribir o expresarse en las lenguas que enseñan. Una reflexión sobre cómo la metodología heredada del siglo diecinueve persiste en las aulas españolas sin producir los resultados que prometería.
Cuando un profesor agita nerviosamente un trozo de tiza en su puño, sus alumnos adolescentes ven algo completamente distinto de lo que él intenta enseñar. Años después, ese mismo alumno, convertido en docente universitario, regresa a esa escena aparentemente trivial para desentrañar una pregunta que lo ha perseguido: ¿por qué el sistema educativo español ha fracasado tan consistentemente en enseñar latín y griego?
Este relato es autobiográfico pero ambicioso en su alcance. El autor narra su infancia en el Colegio Siglo XXI de Moratalaz, donde no había exámenes ni calificaciones tradicionales, solo proyectos creativos, teatro, trabajos en equipo y aprendizaje sin presión. Luego describe su paso al Bachillerato Experimental, donde comenzó el proceso de adaptación a la educación convencional, y finalmente analiza sus primeros encuentros con la Cultura Clásica: la mitología griega proyectada en diapositivas, el descubrimiento de las etimologías, el contacto con maestros como María Ángeles Martín Sánchez, cuya pasión dejó huella profunda.
Pero el verdadero eje del libro es crítico. El autor, ya como profesor universitario, examina por qué un licenciado en Clásicas no puede leer corriente un texto antiguo sin diccionario, por qué no puede improvisar una traducción, por qué su competencia es notoriamente inferior a la de quien aprende idiomas modernos con menos esfuerzo. Su pregunta es incómoda para la disciplina: ¿cómo puede un profesor de ruso permitirse confesarse incapaz de traducir a Dostoyevski, mientras que los clasicistas españoles asumen como natural su incapacidad de leer a los autores antiguos sin preparación?
El libro desglosa meticulosamente la metodología tradicional que ha dominado la enseñanza de latín y griego durante más de un siglo: la memorización de declinaciones, conjugaciones, sintaxis gramatical. Todo el aparato formal de la lengua, pero nunca la lengua misma. Es una disección clara de cómo un método que prometía rigor ha producido incompetencia generalizada.
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