En el recibidor de mármol de una casa londinense aún reverberan los ecos del escándalo que atravesó a la familia Benistone hace poco más de un año.
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En el recibidor de mármol de una casa londinense aún reverberan los ecos del escándalo que atravesó a la familia Benistone hace poco más de un año. Annemarie, una viuda de veinticuatro años que ha buscado refugio en la costa, regresa a la ciudad para una última visita antes de aislarse definitivamente. Allí la esperan las complejidades de su presente: una familia desgarrada, la mirada compasiva de la sociedad y el encuentro inesperado con un hombre que llega enviado por el Príncipe Regente, cuya presencia promete alterar el frágil equilibrio que Annemarie ha construido para sobrevivir.
Londres, junio de 1814. En la calle Montague, una casa se alza como testimonio de una vida que fue, una vez, plena. Su dueño, lord Benistone, retirado coleccionista de antigüedades, mantiene en sus muros el rastro de lo que considera lo más valioso: tesoros de Grecia y Roma, obras maestras de otros tiempos. Pero entre esa riqueza material, una ausencia resuena con más fuerza que cualquier objeto: la de su esposa, quien se marchó hace poco más de un año junto a alguien que no era su marido, llevándose consigo la certeza que una familia necesita para permanecer entera.
Annemarie Golding, la hija mediana, regresa a esta casa que se ha transformado en museo. Es una viuda de veinticuatro años, fría en su recibimiento, precisa en sus movimientos, como si cada gesto debiera cumplir una función específica. Se prepara para partir a Brighton, donde espera que el mar y la distancia le otorguen lo que la capital ya no puede: el anonimato. La herida que causó el escándalo de su madre sigue abierta, y ella ha decidido no ofrecerle más superficie a la curiosidad de quienes la rodean.
Su padre intenta retenerla, ofreciéndole objetos, momentos, razones para permanecer. Oriel, su hermana mayor, se debate entre celebrar su futura boda con el coronel Harrow y la preocupación de que Annemarie se consume en el aislamiento. Ninguna de ellas sabe que ese viaje será interrumpido por la llegada de un hombre cuyas intenciones desconocen.
Lord Verne aparece en el recibidor con la precisión de quien cumple encargos del Príncipe Regente. No busca antigüedades, aunque el azar lo ha conducido a la casa de un coleccionista. Busca a la mujer que se mueve entre esos vestigios del pasado, la que lo observa con recelo, la que no se derrite ante su elegancia ni su educación. Ella es distinta de lo que la sociedad susurra de ella. Y en ese instante, entre estatuas de Bernini y fragmentos del David de Miguel Ángel, comienza algo que ambos creían haber dejado atrás.
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