Quintín García Roelas regresa a Córdoba después de ocho años en Inglaterra. En el tren comparte compartimiento con un profesor francés a quien relata historias sobre toros, navajas y costumbres andaluzas, frecuentemente exageradas.
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Quintín García Roelas regresa a Córdoba después de ocho años en Inglaterra. En el tren comparte compartimiento con un profesor francés a quien relata historias sobre toros, navajas y costumbres andaluzas, frecuentemente exageradas. Al llegar a Córdoba, se reencuentra con su familia en una atmósfera de distancia: su transformación física y personal ha abierto una brecha que el afecto no ha sabido cerrar.
En un vagón de segunda clase camino a Andalucía, Quintín García Roelas se despierta después de ocho años fuera de España. Comparte el compartimiento con un profesor francés, su esposa, un cura, un aldeano y dos recién casados. Bajo la lluvia gris que atraviesa los cristales, el joven protagonista teje durante el viaje una serie de historias sobre la España que el profesor francés desea conocer: habla de los toros que ha toreado desde los catorce años, del manejo de las navajas, de aquella tradición llamada ‘pintar un jabeque’, del dominio que los españoles ejercen sobre las mujeres. Sus relatos, frecuentemente exagerados o falsos, son observados con ironía por un aldeano que murmura entre dientes: ‘Qué inocente’, refiriéndose no a Quintín sino al francés que devora cada detalle con curiosidad turística.
Al descender en Córdoba, el tiempo no es el que Quintín se había imaginado. Una lluvia depresiva vela el paisaje de naranjos dorados. El joven, transformado por ocho años en el colegio inglés de Eton, conserva poco del aire español: es alto, corpulento, afeitado, con cabello castaño; parece más un muchacho inglés que un andaluz. Encarga su equipaje y se dirige a la casa de su padre, un comerciante de ultramarinos cuya prosperidad ha crecido notablemente.
El reencuentro es inicialmente caloroso. Su madre lo abraza, asombrada por su crecimiento y fortaleza. Al recorrer la casa con ella, Quintín descubre los signos de la nueva fortuna: muebles lujosos, vajilla de Sèvres adquirida a un marqués arruinado, espejos y consolas de mármol. Pero durante la comida surge una frialdad inquietante. Su padre, elegante pero distante, mantiene una conversación formal. Los silencios se extienden de manera perturbadora. Quintín, incómodo, se levanta apenas termina de comer y se retira a su habitación. Presiente que la brecha abierta por la ausencia y la transformación personal será difícil de cerrar.
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