Erin Gray, comadrona en el hospital australiano de Black Mountain, se reencuentra inesperadamente con Alec Rostrevor, el médico que marcó su vida años atrás en Inglaterra.
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Erin Gray, comadrona en el hospital australiano de Black Mountain, se reencuentra inesperadamente con Alec Rostrevor, el médico que marcó su vida años atrás en Inglaterra. Cuando Alec aparece como residente de guardia en una noche de urgencias obstétricas, los sentimientos no resueltos resurgen. Pero Alec está casado con Kate y tiene un hijo. En medio de la tensión de un parto complicado, la historia de un amor que quedó truncado amenaza con resurgir, obligando a ambos a confrontar lo que eligieron y lo que abandonaron.
En la madrugada del hospital Black Mountain de Canberra, durante un parto complicado, Erin Gray, experimentada comadrona, se encuentra de repente frente a Alec Rostrevor, el residente de tercer año que acaba de entrar en la sala de partos. Dos años han pasado desde que lo viera por última vez en Inglaterra, en la boda donde él se comprometía con Kate, la mujer adecuada, la elegida. Ahora, mientras Sandra Taylor lucha por traer a su cuarto hijo al mundo, Erin debe contener el temblor de las manos y la aceleración del corazón. Las complicaciones del parto mantienen a ambos enfocados en la urgencia: el bebé está encajado, el líquido amniótico es turbio, el ritmo cardíaco del feto cae peligrosamente. Alec trabaja con precisión, con esa autoridad tranquila que ella recuerda, con ese gesto concentrado que alguna vez la hizo reconocer que estaba irremediablemente enamorada.
Cuando al fin el bebé —un varón— sale y Alec anuncia que se llama William, como su hijo, la palabra cae como un golpe silencioso. Alec tiene un hijo con Kate. Tiene la vida que construyó en esos dos años que Erin pasó lejos, en este hospital australiano, intentando olvidar lo que nunca pudo olvidar: el verano inglés en que conoció al hermano menor de Mel, esos destellos de genialidad en la pista de tenis, esa risa casi infantil, ese cuerpo que era el recipiente de una personalidad que la arrasó por completo.
La novela retrocede a aquellos meses en Inglaterra, cuando Erin era apenas una joven australiana de veinticuatro años compartiendo piso con Mel en Londres, cuando se sentó en una cabaña junto a la pista de tenis y vio a Alec caer contra la red, y el corazón se le partió en mil pedazos sabiendo que nunca podría ser suya. Años después, cuando trabajaban juntos en el mismo hospital, ella se conformaba con verlo en los turnos de partos, con sentir su proximidad en la urgencia del parto, con recordar en silencio todo lo que no fue.
Ahora, con Alec nuevamente presente y con la verdad de su matrimonio e hijo resonando en el aire, Erin debe enfrentarse a lo que quedó sin resolver: el amor que no pudo decirse, la vida que no fue vivida, y la pregunta que la ha atormentado desde hace dos años: ¿qué hubiera pasado si en la iglesia, en la boda, ella hubiera levantado la voz?
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