A las dos y media de la madrugada suena el teléfono en casa de Jack. Su abuelo, antiguo piloto de Spitfire para la RAF durante la Segunda Guerra Mundial, ha desaparecido.
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A las dos y media de la madrugada suena el teléfono en casa de Jack. Su abuelo, antiguo piloto de Spitfire para la RAF durante la Segunda Guerra Mundial, ha desaparecido. En 1983, época sin internet ni teléfonos móviles, el chico de doce años vive para los domingos con el anciano, donde recrean historias de combate aéreo. Juntos transforman sillones en cabinas de mando, vuelan en imaginarios aviones de combate. Pero esa noche, cuando el abuelo no aparece, la fantasía amenaza con volverse peligrosamente real.
A las dos y media de la madrugada suena el teléfono. El abuelo de Jack ha desaparecido. Su padre lleva horas buscándolo en el coche mientras su madre, que trabaja en la sección de quesos del supermercado y lleva impregnado ese olor peculiar, le da la noticia. En 1983, época sin internet ni teléfonos móviles, Jack es un muchacho tímido de doce años que ha encontrado en su abuelo un refugio de aventuras.
El anciano fue piloto de Spitfire en la RAF durante la Segunda Guerra Mundial. La enfermedad ha ido robando años de su mente, confundiendo pasado y presente. Algunos días olvida si su esposa Peggy sigue viva; otros sale por un sello y regresa con diecisiete cajas de cereales. Su mente lo mantiene permanentemente en los años cuarenta, en la batalla de Inglaterra, en esas noches de vuelos sobre el canal de la Mancha contra los Messerschmitt.
Jack ha aprendido a seguir el juego de su abuelo. Los domingos por la tarde en el pequeño piso, cuando la música clásica retumba en el viejo tocadiscos y llena la habitación de himnos patrióticos, ocurre la magia. Dos sillones desgastados se transforman en cabinas de mando. El chico pilota un Hurricane imaginario mientras su abuelo controla su querido Spitfire, y juntos suben hasta las nubes, ganan batalla tras batalla sin salir del pisito. Son esos momentos los que hacen soportable la existencia cotidiana del muchacho.
El abuelo mantiene su orgullo a pesar de la confusión: su uniforme de aviador impecable, sus corbatas de la RAF, su magnífico bigote. Solo sus gastadas zapatillas de cuadros marrones delatan el deterioro mental. Esa noche, sin embargo, cuando la puerta del piso se cierra de golpe alrededor de medianoche y no hay respuesta al timbre, lo imaginario está transformándose en algo urgente y real. Jack, con solo doce años, está a punto de embarcarse en una aventura que borrará la frontera entre fantasía y realidad.
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