Charles Lawford, arquitecto del Estado de apenas treinta años, franquea la puerta de la prisión con una certeza incómoda: Paul Gray, el veterano colega que lo espera tras los barrotes, es inocente.
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Charles Lawford, arquitecto del Estado de apenas treinta años, franquea la puerta de la prisión con una certeza incómoda: Paul Gray, el veterano colega que lo espera tras los barrotes, es inocente. El derrumbamiento de un sanatorio del que se le acusa no fue negligencia sino trampa deliberada. En la oficina del penal, mientras examina los rostros de quien fue traicionado y de una joven escritora que desconfía de su intención, Lawford empieza a tirar de un hilo que lo sumergirá en una conspiración tejida con precisión: órdenes falsificadas, testigos desaparecidos y enemigos que no vacilan ante el crimen.
Charles Lawford, arquitecto joven del departamento estatal, visita las celdas de una prisión con la convicción de que ha cometido un error de justicia. Paul Gray, el experimentado colega al que condenó a firmar una denuncia, es víctima de una maquinación cuidadosamente orquestada. El derrumbamiento del sanatorio para enfermos nerviosos, el que Gray proyectó y supervisó con rigor, no resultó de su incompetencia, sino de órdenes falsificadas que suplantaron las suyas con maestría admirable.
En la sobria oficina de la prisión, los dos arquitectos se encuentran sin sentimentalismos ni hipocresía. Gray conserva cierta dignidad a pesar del decaimiento que causa el encarcelamiento. Lawford, de aspecto juvenil aunque reconoce sus treinta años cumplidos, defiende su investigación personal con la precisión de quien no piensa en disculpas sino en verdad. Las órdenes originales de Gray han desaparecido; en su lugar hay otras, admirablemente falsificadas. El capataz James Howard, quien las recibió en mano, se ha esfumado.
Cuando entra Nancy Gray, la hija escritora, su presencia modifica el aire de la habitación. Más bella de lo que sugieren sus fotografías de prensa, irradia una inteligencia ácida y un carácter impulsivo que hereda de su padre. Primero desconfía de Lawford, lo acusa de haber firmado la denuncia. Luego, cuando comprende que el joven arquitecto busca desenmascarar a los verdaderos culpables, su resistencia cede.
Fuera de la cárcel, Lawford advierte que es seguido. El ex boxeador Budy Graame, deteriorado por las drogas y el alcohol, lo acecha desde hace días. En el encuentro junto a los automóviles, Lawford lo derriba con la precisión de quien entiende el combate. Pero hay otros vigilantes. Una red tejida alrededor de Gray se revela, y Lawford comienza a comprender que se enfrenta con criminales que no retroceden ante nada.