Un recuento de la infancia y adolescencia del narrador, marcado por la presencia silenciosa de su padre, los viajes a Perú, y el descubrimiento de los libros como refugio.
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Un recuento de la infancia y adolescencia del narrador, marcado por la presencia silenciosa de su padre, los viajes a Perú, y el descubrimiento de los libros como refugio. Desde una pataleta en la calle por una antología poética hasta la angustia de noches de toque de queda, el texto teje la historia de cómo la lectura se convierte en respuesta a las preguntas que la vida no contesta.
En una tarde de los ochenta, un niño apoyado en el alféizar de una ventana mira hacia la calle desierta durante el toque de queda, rezando para que su padre regrese. Esa imagen, entre muchas otras, configura el relato de una infancia atrapada entre dos países, dos familias y los silencios de un hombre que no supo comunicar. La obra se despliega en fragmentos que evocan el trayecto del narrador desde sus primeros recuerdos: un viaje en auto hacia Lima cuando tenía cinco años, el encuentro con una rama de la familia que vivía al otro lado de la cordillera, la fascinación por las historias de la tía Beba y sus perros collie en la Avenida Salaverry. Luego, el descubrimiento de los libros: primero como capricho que llevó a una pataleta en la calle Huérfanos, cuando exigió que su madre le comprara una antología poética de cubierta amarilla. Ese acto de rebeldía infantil marca un punto de quiebre, un primer libro que se convierte en refugio y herramienta. La biblioteca que aparece misteriosamente en la sala, cubriendo un muro vacío, trae consigo los nombres de los apristas, los exiliados políticos, los hombres que construyeron ideas en la sombra. Luis Alberto Sánchez, el padrino, emerge como figura tutelar: amigo del abuelo, fundador del Partido Aprista Americana, escritor, historiador, hombre que sobrevivió persecuciones y dictaduras para terminar siendo Vicepresidente de la República. Entre esos libros y esas historias, el narrador crece en una casa atravesada por la ausencia del padre, los rezos nocturnos de la madre, el sonido del portón que anuncia regreso o peligro. Las noches de toque de queda aparecen como un territorio de angustia: solo en el living, frente a la televisión, esperando, confiando en que Dios hará sonar el portón. La lectura, entonces, no es escape gratuito sino herramienta de supervivencia emocional ante preguntas que nadie responde.
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