Candás, 14 de enero de 1877. Silverio despierta en la madrugada mientras el viento aúlla sin cesar. Su padre está en la mar, en una de las lanchas que salieron a faenar.
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Candás, 14 de enero de 1877. Silverio despierta en la madrugada mientras el viento aúlla sin cesar. Su padre está en la mar, en una de las lanchas que salieron a faenar. Junto a su madre y la comunidad de pescadores, baja a la ribera para esperar el regreso de la flota. Pero la galerna es más feroz de lo temido, y cuando algunas lanchas llegan al puerto, otras faltan. En el muelle, las familias descubren que sus seres queridos quizá no regresen. Una novela sobre la fragilidad de la vida y el precio que cobra la mar.
Candás, puerto asturiano donde la mar es más que sustento: es vida y destino. Silverio, un muchacho de once años, despierta en las primeras horas del 14 de enero de 1877 sin poder conciliar el sueño. El hambre y el frío que penetra las paredes de su hogar se entrelazan con la angustia de saber a su padre navegando en medio de una galerna devastadora. A su lado duerme Lolo; en otro rincón, los gemelos; en otro, su pequeña hermana Marina.
La madrugada bulle de incertidumbre. Diez lanchas con casi ciento setenta hombres se hicieron a la mar la noche anterior, cuando aún confiaban en una buena faena de besugo. Ahora, mientras el viento ruge sin piedad, Silverio baja a la ribera junto a su madre. Allí se congrega el pueblo entero: mujeres, niños, ancianos. Todos esperan lo mismo: el regreso seguro de sus hombres. Es una espera que conocen bien: treinta y siete años atrás, en 1840, una galerna similar robó a Candás más de noventa vidas. El pueblo tardó años en recuperarse.
Conforme amanece, las primeras lanchas aparecen en la bocana. Ocho llegan a buen puerto, sus tripulantes agotados pero vivos. Pero cuatro lanchas faltan. Sesenta y ocho hombres no regresan. Entre ellos, el padre de Silverio. La alegría inicial se desmorona. Lo que era esperanza se convierte en un silencio desgarrador, en lágrimas contenidas, en rezos desesperados a la Virgen y al Cristo que, según cuenta la leyenda, fue rescatado de estas mismas aguas siglos atrás.
Mientras tanto, Marina, la hija pequeña de Nora, desaparece en el muelle. Su hermano Xuaco y Silverio la buscan con creciente preocupación. La niña, que no entiende bien por qué todos lloran, ha decidido que si su padre no regresa de la mar, quizá pueda pedírselo a las olas en su lugar favorito: la pequeña roca en la playa de la Peña Furada, donde siempre jugaba con él.