Un hombre desciende en Paradis tras meses de huida. Con su maleta de imitación de cuero, recorre un camino brutal de tierra que lo lleva al corazón del bosque canadiense: el campamento de Bois-Gentil.
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Un hombre desciende en Paradis tras meses de huida. Con su maleta de imitación de cuero, recorre un camino brutal de tierra que lo lleva al corazón del bosque canadiense: el campamento de Bois-Gentil. Allí, entre troncos cortados y el rugido de motosierras, busca perderse en el trabajo de la tala, lejos de quienes lo persiguen, en un lugar donde el mundo civilizado no llega.
Bajó del tren en Paradis después de meses de huida. Con su maleta de cuero imitado, se sumergió en un jeep que lo llevaría hacia el interior del bosque canadiense, donde esperaba encontrar refugio en el anonimato del trabajo.
El camino hacia el campamento de Bois-Gentil era una herida abierta en la selva. Baches sacudían el vehículo como una embarcación en tormenta, roca viva asomaba bajo tierra y el motor rugía en combate contra la naturaleza indómita. A través de ventanillas salpicadas de barro, contempló el bosque desgreñado de finales de invierno: pinos y abetos aún verdes, arroyos cantarines brotando de heridas nevadas, la promesa de primavera escondida entre las copas.
El río Verde acompañaba el camino. Sus aguas oscuras corrían entre orillas heladas, transportando historias de troncos que bajaron alguna vez en jangadas, bajo el mando de hombres como Malouin, el patrón del campamento.
Cuando llegó al claro de la tala, el paisaje cambió radicalmente. Una colina pelada, despojada de toda vegetación, se elevaba donde antes había bosque. El resbaladero —aquel largo canal de troncos descortezados— bajaba desde la cima hacia el río, como una garganta abierta de la tierra. Junto a la cabaña, el rugido de la motosierra lo saludó como una bestia territorial.
Allí encontró a Alan McDeving, apodado Rojo por su enmarañada barba de fuego. Hombre ancho de espaldas, manos manchadas de resina, dedos cuadrados y ásperos. El leñador lo observó sin prejuicios, solo registrando información con su mirada clara. En ese campamento perdido al fin del mundo, nadie hacía preguntas incómodas sobre quién eras o de dónde venías. Solo importaba si podías manejar el hacha y resistir el trabajo.
En las márgenes opuestas del río, las cabañas de troncos con techos de chapa ondulada albergaban vidas simples. Mujeres en los porches, niños que observaban con curiosidad al recién llegado, hombres de piel curtida y ceño fruncido. Aquello era un mundo apartado, donde el orden civilizado no alcanzaba y donde cada hombre podía desvanecerse entre los árboles.