En un sofá de Brighton yace Eulalia Prat, sus rasgos desvanecidos por los tintes azulencos de la muerte. Los forenses certifican sobredosis de speedball. Su marido, Arturo, no lo cree.
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En un sofá de Brighton yace Eulalia Prat, sus rasgos desvanecidos por los tintes azulencos de la muerte. Los forenses certifican sobredosis de speedball. Su marido, Arturo, no lo cree. Entra en el despacho del abogado Licinio Salinas portando una verdad incómoda: no fue ella quien se pinchó. Alguien la mató deliberadamente, y necesita ayuda para demostrarlo.
En el salón de una casa en Brighton, Eulalia Prat reposa inmóvil en un sofá tapizado de lana beige. Una jeringuilla vacía yace en la moqueta, sus restos destinados a ser interpretados como evidencia de un trágico accidente. Los forenses británicos dictan sentencia sin vacilaciones: sobredosis de speedball, ese cóctel letal de heroína y cocaína. El caso se cierra. El cuerpo se entierra. Pero algo no encaja.
Arturo Prat lleva veinticinco años casado con Eulalia, y en los últimos tiempos habían conseguido lo que parecía imposible: ser verdaderos amigos dentro del matrimonio. Después de superar los primeros años estandarizados, la crisis económica casi los destruye. La empresa familiar se hunde, pero entre los escombros descubren una libertad inesperada. Eulalia encuentra su espacio en el golf, donde llega a alcanzar un handicap envidiable, y luego en los negocios inmobiliarios, donde su carisma y sus contactos la convierten en una corredora exitosa. Arturo se recupera con la venta de sistemas de seguridad. Lentamente, reconstruyen sus vidas sin herirse mutuamente.
El dinero fluye. Eulalia ha ganado mucho en los últimos años, lo suficiente para comprar una casa en Brighton con dinero negro, lo suficiente para vivir con una cierta generosidad discreta. Toni, su hijo, estudia en Inglaterra, y ella viaja frecuentemente para verlo. La vida parece finalmente armonizada.
Cuando Arturo recibe la llamada desde Brighton —«Mamá ha muerto, ven en seguida»—, algo en su interior se rebela. No acepta la versión oficial. No puede ser que ella, escrupulosa con sus apariencias, terminara así: con un rictus de desdén permanente grabado en el rostro. La teoría de la sobredosis accidental no le cierra. Necesita respuestas.
Con el traje de luto aún puesto, Arturo entra en el despacho de Licinio Salinas, un abogado mercantilista al que conoce desde hace años. Lo que comienza como una conversación sobre testamentos y herencias se convierte en una confesión de sospechas: la droga era parte de su pasado, no de su presente. Alguien la mató, está seguro. Y necesita al abogado para demostrarlo.
Lo que pone en movimiento es una investigación en las sombras grises de vidas que parecen ordenadas pero no lo son. Golfistas con conexiones, dinero sin papeles, relaciones que trascienden lo que las apariencias admiten. En medio de la burocracia española y las investigaciones británicas, emerge la pregunta que nadie quiere formularse: ¿quién tenía razones para eliminar a Eulalia Prat?