Cada noche, Shoko sale a la terraza para observar a su marido Mutsuki contemplar las estrellas. Llevan apenas diez días casados, pero sus vidas están entrelazadas por secretos que ninguno ha confesado del todo.
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Cada noche, Shoko sale a la terraza para observar a su marido Mutsuki contemplar las estrellas. Llevan apenas diez días casados, pero sus vidas están entrelazadas por secretos que ninguno ha confesado del todo. Él es médico, homosexual y tímido ante la intimidad; ella lucha contra el alcoholismo y una frágil estabilidad emocional que amenaza con quebrarse. En el hogar que comparten, cada objeto cuenta una historia: el retrato del hombre violeta, la planta que parece vigilar, los regalos cuidadosos. Una historia de encuentro entre dos personas que se refugian la una en la otra, aunque ni siquiera comprendan verdaderamente qué es lo que buscan juntas.
En los primeros días de su matrimonio, Shoko vive en una atmósfera de domesticidad cuidada. Su marido Mutsuki, un médico meticuloso, elige la música que sonarará en casa, ajusta el termostato, plancha las sábanas con precisión. Cada acción parece un acto de control y atención, aunque existe en ella un vacío silencioso: ambos saben que algo crucial falta entre ellos. Shoko trabaja como traductora, vertiendo textos del italiano al japonés cuando puede ganar dinero extra. Pero la tarea que la consume es navegar por un matrimonio que no es exactamente un engaño, pero tampoco una verdad completa. Su inestabilidad emocional, diagnosticada por médicos con palabras vagas, le ha llevado a beber copas de whisky cada noche. El consumo no llega a ser alcoholismo, le dijeron, solo una etapa. Mutsuki, a su vez, cultiva su propia distancia emocional: no ama del modo que ella podría esperar; sus besos son raros y sus noches juntos permanecen en una frontera ambigua. La presencia de Kon acecha en las historias que Mutsuki cuenta. Las anécdotas sobre el perro Koro, sobre la pelea con el gato, sobre los años compartidos, revelan un pasado que Shoko nunca habitará del todo. La planta regalada por Kon, ese árbol de la juventud con sus hojas afiladas, observa desde el rincón como testigo mudo de una vida que finge ser lo que no es. En la cómoda del dormitorio descansan informes médicos que guardan verdades irreconciliables. Cada objeto del hogar se convierte en un símbolo de lo que no se dice. Conforme avanzan los días, la novela expone la fragilidad de esta convivencia sostenida por gestos tiernos pero vacíos de verdad plena.
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