En la oficina de policía de Baltimore, Morgan Reynolds apenas aparece después de días sin parar en casa. Irritable, cansado, vuelve cuando su prima Ester lo confronta: lleva noventa y seis horas al cuidado de Lucy, su hija de cinco años.
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En la oficina de policía de Baltimore, Morgan Reynolds apenas aparece después de días sin parar en casa. Irritable, cansado, vuelve cuando su prima Ester lo confronta: lleva noventa y seis horas al cuidado de Lucy, su hija de cinco años. Tres años atrás, un accidente de tráfico se llevó a Ángela, su esposa. Desde entonces, Morgan vive en un silencio pesado que cree lo define. Consume su vida en el trabajo, incapaz de ver que quien realmente necesita salvación no es el mundo sino él mismo.
Morgan Reynolds llegó a la paternidad como llegaba a todo: con la determinación de no repetir los errores de su padre ausente. Su paso por el ejército lo forjó como hombre, pero también lo quebró. En el Medio Oriente, la fe se le desmoronó. Vio morir gente, fue responsable de vidas, y llegó a creer que la humanidad no merecía ser salvada.
Ángela lo sacó de ese abismo. Bella, inteligente, la conoció por azar en un centro comercial cuando vagabundeaba huyendo de su madre. Fue ella quien le hizo creer de nuevo, no en la bondad general del mundo, sino en ellos dos. Morgan dejó el ejército, se convirtió en consultor de la policía de Baltimore, y consiguió ascender con rapidez. Ángela lo esperaba en casa. Luego llegó Lucy, y Morgan experimentó una felicidad que creía imposible.
Entonces un accidente. Una viejecita que sufrió un infarto mientras conducía atravesó la ruta de Ángela. Morgan recibió la llamada cuando ella acababa de salir de un banco, iniciando los trámites para abrir su propio bufete de abogada. Lo que vino después fue silencio: un silencio pesado, denso, que se ancló en su pecho y nunca se fue.
Han pasado tres años. Lucy tiene cinco. Morgan se pierde en su trabajo, echándose el mundo al hombro como si resolver casos pudiera enmendar lo inexorable. No va a casa. Su amigo Logan lo ve cada vez más próximo al colapso. Su prima Ester lo enfrenta cuando finalmente aparece: llevaba días sin ver a su hija, sin dormir. Morgan finge estar bien, que nada se quiebra en su interior. Pero el silencio crece, y con él, la distancia insalvable entre él y Lucy.
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