La vela tiembla a causa de la respiración dificultosa de una mujer agonizante. Sus manos trazan números sobre la sábana azul como contando culpas mudas contra años de distancia y resentimiento.
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La vela tiembla a causa de la respiración dificultosa de una mujer agonizante. Sus manos trazan números sobre la sábana azul como contando culpas mudas contra años de distancia y resentimiento. Jürgen Doskocil, el barquero, permanece inmóvil escuchando sus acusaciones. Cuando suena la llamada metálica de la reja de arado en la noche, debe partir hacia lo desconocido en su barca. Regresa para encontrar que su mujer ha muerto, dejándolo con la responsabilidad silenciosa de continuar viviendo en un paraje de aguas negras donde la muerte es apenas un surco en el agua.
En una choza junto a aguas negras, una mujer agoniza mientras su esposo, el barquero Jürgen Doskocil, vigila desde un escabel de madera. Sus dedos trazan números sobre la sábana azul como contando culpas mudas: acusaciones de incomprensión y distancia contra años vividos juntos. Lo acusa de ser un oso, de no ofrecerle nada, de querer hijos que se parecieran a él. Jürgen permanece inmóvil. Su rostro es como una piedra gastada por décadas de lluvia, corteza sin interior revelado. Posee el don de las apariciones, ve lo que otros ignoran. Sabe que todo pasa: los hombres, los sueños, las largas noches de pesca en agua negra, los años que caen como eslabones de cadena. Cuando la llamada metálica suena en la noche —la reja de arado golpeada— Jürgen parte en su barca sin dudas. Podría ser Cristo. Podría ser Dios. Rema a través del cañaveral pero solo encuentra silencio y rocío en la reja oxidada, ningún rastro de quien llamó. Cuando regresa, su mujer ha muerto, el índice de su mano aún encorvado por el último número de culpas escrito. En el amanecer, mientras construye el ataúd con tablas de pino que huelen a verano, Jürgen piensa en todo lo que queda: avisar al cura, vender peces, preparar redes, arar la tierra. Los pinzones que regresan cada primavera se posan junto a sus pies. Los animales son mejores que los niños, piensa, no se burlan. Heini, un muchacho torcido a quien liberó de una trampa, viene a ayudar. Juntos aran el campo, observando cada terrón antes de que el arado lo hunda en la oscuridad. Ningún caballo media entre él y la tierra; le parece como si levantara cada terrón con su propio cuerpo. La muerte es apenas un surco en agua que la corriente llena nuevamente: la evidencia de dos solitudes que nunca llegaron a tocarse.
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