En París, la fisonomía de sus habitantes narra historias de vidas consumidas. Balzac abre sus Escenas de la vida parisina trazando un retrato despiadado: rostros amarillos y curtidos, máscaras del deseo donde se graba el afán de oro y…
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En París, la fisonomía de sus habitantes narra historias de vidas consumidas. Balzac abre sus Escenas de la vida parisina trazando un retrato despiadado: rostros amarillos y curtidos, máscaras del deseo donde se graba el afán de oro y placer. El obrero que labora sin tregua, el comerciante que fragmenta su existencia en múltiples ocupaciones, la burguesía que vende años de vejez por breves momentos de respiro: todos ellos prisioneros de un mecanismo social que devora la juventud y marchita los años.
Cuando el forastero llega a París y contempla sus habitantes, experimenta asombro y repugnancia. Los rostros son testimonios de vidas consumidas: amarillos, curtidos, agotados por energía que la ciudad extrae constantemente. Máscaras de miseria y alegría fingida, todas marcadas por deseo insaciable. Balzac propone una explicación: París es un mecanismo de consumo donde todo arde, hierve, se quema. Los parisinos, a fuerza de interesarse en todo, pierden interés en nada. Viven como niños: lo olvidan todo, lo prueban todo, lo abandonan sin remordimiento. Lo que reina es oro y placer. El autor examina la estructura social. El obrero trabaja más allá de fuerzas. Durante cinco días desgarra su cuerpo; los dos de descanso los disipa en tabernas, perdiendo lo que su familia necesita. Algunos poseen virtud oculta, pero la estructura los mantiene atados. En la clase media encontramos al mercero que prospera. Se levanta antes del alba, recorre la ciudad con eficiencia, atiende su negocio, funciones públicas, obligaciones religiosas, la Guardia Nacional, actúa en la Ópera. Es una enciclopedia viva en movimiento constante. Como el obrero, vende su longevidad por dinero y estatus. La clase media entera busca acumular y prosperar. Abusan de sus cuerpos bajo el peso de ambiciones. En la vejez, arrastran rostros desgastados, ojos sin luz. Es en este vientre parisino donde se condensan los intereses: en despachos de procuradores, abogados, notarios, banqueros. Aquí la destrucción es más profunda, pues portan el peso de fortunas ajenas, decisiones que afectan vidas.
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