Taraconda Grimwood regresa a casa tras un día de clases. Su esposa Milly lo cuestiona con la voz de un loro calvo, acusándolo de derrochar dinero.
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Taraconda Grimwood regresa a casa tras un día de clases. Su esposa Milly lo cuestiona con la voz de un loro calvo, acusándolo de derrochar dinero. Esto es lo cotidiano para este catedrático de ciencias: una vida de críticas constantes, de existencia sin esperanza, donde los años han transformado el hogar en un museo de muebles nuevos. Al partir hacia la universidad, Taraconda reflexiona sobre su fracaso absoluto, sobre los años perdidos y la imposibilidad de ser otra cosa que lo que es: un hombre gris, cansado, cubierto de musgo como los pasillos que frecuenta.
A las puertas de la Universidad, Taraconda Grimwood contempla las macizas columnas de piedra y desearía haber sido una de ellas. Una piedra no siente dolor, no padece la tiranía de una esposa como Milly, que ha convertido su casa en una galería de muebles cambiantes y su vida en un infierno de censura permanente.
Este catedrático de ciencias avanza por las calles familiares de la ciudad hacia su rutina diaria, pero su mente habita un paisaje de ruina interior. Cuarenta años de matrimonio han consumido no solo sus esperanzas, sino la posibilidad misma de tenerlas. Milly no es solo una mujer difícil: es la encarnación del control, la crítica sin tregua, la transformación deliberada de cada gesto suyo en motivo de reprensión.
Taraconda se ve a sí mismo con despiadada claridad: un hombre pequeño, gordo, flojo, sin ambición, sin coraje, sin ni siquiera el alivio de la rabia. Durante años ha refugiado su espíritu en los experimentos de química, en la memorización de elementos, en el teatro trivial de un trabajo académico que nadie recuerda. Podría haber sido alguien. Su nombre, Taraconda Grimwood, suena a hombre de acción, a aventurero, a científico ilustre. Pero en su lugar es solo un fracaso monumental, convertido en lección silenciosa sobre cómo la vida puede reducir a una persona a nada.
La novela abre en ese momento de partida, cuando Taraconda sale de su hogar dispuesto a encontrar algún propósito en su jornada universitaria. Pero incluso ese gesto es hueco: no va buscando nada, apenas esquivando. Es un hombre sin dirección, empujado por las corrientes de la existencia como un corcho en un río fétido.