Adela se despierta a los gritos durante un vuelo en picada. Dopada por ansiolíticos, lucha por comprender lo que ocurre mientras el avión cae al océano.
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Adela se despierta a los gritos durante un vuelo en picada. Dopada por ansiolíticos, lucha por comprender lo que ocurre mientras el avión cae al océano. Su instinto de supervivencia la impulsa a salir del fuselaje anegado, a bracear en la oscuridad absoluta, hasta encontrar refugio en el cuerpo inerte de una ballena. Pero antes de este descenso hacia el abismo, la novela retrocede para mostrar los días previos: una mujer atrapada en crisis emocionales, medicada para enfrentar sus angustias, intentando aparentar normalidad mientras su vida se desmorona.
La novela comienza en el caos absoluto: Adela despierta a gritos y alarmas mientras el avión entra en picada hacia el océano. Los ansiolíticos y el somnífero que tomó horas antes ralentizan su percepción del horror que la rodea. El fuselaje desciende en espiral. Adela improvisa una defensa envolviendo su cabeza con un abrigo y un cojín de cuello, rezando porque el golpe no sea fatal. El impacto es brutal, ensordecedor. En el agua que inunda la cabina, observa que casi nadie se ha movido de sus asientos, probablemente inconscientes o muertos. Con los pulmones ardiendo, nada contracorriente hacia la grieta del fuselaje, hacia una superficie que no puede ver. Bracean en la oscuridad absoluta, sin saber si avanzan hacia la vida o hacia la muerte. Justo antes de rendirse, su cuerpo choca con algo: una ballena flotando en la noche. Con las últimas fuerzas, trepa sobre el lomo del cetáceo. Allí respira. Ha sobrevivido lo imposible.
Pero la novela retrocede en el tiempo. Muestra los días anteriores al vuelo, las capas invisibles de tensión que llevaron a Adela a abordar ese avión medicada. Vive una crisis personal profunda y sin resolver. Su pareja Víctor se fue una semana a Valencia. Ella debe dirigir un importante taller en la Feria de Captación de Talento en Fuenlabrada, un proyecto que ha organizado durante meses. El estrés la consume completamente: toma ansiolíticos para controlar los nervios, somníferos para dormir, acompaña todo con vino. No es feliz y no sabe cómo salir de esa situación.
Antes de partir hacia el aeropuerto, despierta a su hijo Raúl, de siete años. Lo viste en la madrugada oscura mientras llueve con furia. En el camino hacia el transporte, sus nervios explotan. Regaña al niño por llorar. El remordimiento la golpea instantáneamente. Adela sostiene dos vidas simultáneamente: la de una profesional competente y la de una madre culpable y ansiosa. Las medicinas la mantienen a flote, pero apenas. El lector comprende que este viaje no es solo un desplazamiento profesional: es una escapada de una vida que se desmorona.