Benjamín Chaparro, juez a punto de jubilarse, camina por las calles del centro porteño hacia su cena de despedida laboral. A dos cuadras del restaurante decide dar media vuelta: no irá.
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Benjamín Chaparro, juez a punto de jubilarse, camina por las calles del centro porteño hacia su cena de despedida laboral. A dos cuadras del restaurante decide dar media vuelta: no irá. Regresa a los tribunales, reclama la vieja máquina de escribir Remington a la jueza Hornos y se marcha en colectivo hacia su casa. Con la máquina bajo el brazo, Chaparro se enfrenta al vacío de la jubilación y toma una decisión: escribir la historia de Ricardo Morales, un hombre cuya vida fue destrozada por la tragedia, como modo de llenar los días que se abren ante él.
Benjamín Chaparro camina por Talcahuano cuando algo en él quiebra. Sesenta años, canoso, flaco, con una nariz aguileña que nunca le gustó. Hace cuarenta años transita esas veredas angostas del centro porteño, y sabe que a partir del lunes no volverá a hacerlo. Lo esperan en El Candil: veintitrés personas celebrando su jubilación. Pero Chaparro no quiere ir.
En un gesto que lo sorprende, da media vuelta. Sube los escalones del Palacio de Justicia y se trepa al ascensor. En Tribunales lo conocen hasta las piedras. Camina por el pasillo con sus mocasines sonando en el silencio, se detiene frente a la puerta de su secretaría. Entra.
La jueza Hornos está allí. Irene. Ese nombre que Chaparro evita decir porque duele, porque abre cosas guardadas hace años. Le pide tímidamente la vieja Remington verde oliva que descansa en un estante. Una máquina que conoce en la punta de los dedos. Quiere escribir, dice. Tiene un proyecto antiguo. Ahora que estará jubilado, tal vez…
Ella lo mira con esos ojos castaños que Chaparro ha grabado en sus peores noches. Le dice que se la lleve sin problemas, que es lo menos que puede hacer por él. Le agradece, le tiende la mano, acepta la mejilla fragante. Sale corriendo.
El colectivo lo aleja de El Candil. Chaparro viaja hacia Once con la máquina de escribir como un equipaje de intenciones. Lo espera una resma de hojas en blanco, un cuaderno vacío, un escritorio imaginado como santuario. Pero la realidad no es el estereotipo: hace treinta años estas calles estaban vivas; ahora son un desierto.
Jubilado hace dos semanas, Chaparro descubre que el tiempo es lo peor. Ha decidido escribir la historia de Ricardo Morales, un hombre cuya vida fue destrozada, porque esa historia no le pertenece: es verdadera, la conoce indirectamente, y al contarla tal vez consiga llenar la vastedad de sus días.
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