En los albores del tiempo, cuando las nubes aún no sabían llorar, una mujer que sufre en soledad enseña a estas entidades colosales el poder del llanto como consuelo.
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En los albores del tiempo, cuando las nubes aún no sabían llorar, una mujer que sufre en soledad enseña a estas entidades colosales el poder del llanto como consuelo. A través de un encuentro que trasciende los límites entre lo humano y lo elemental, el relato teje una alegoría sobre el origen de la lluvia, revelando cómo el dolor compartido y el amor por lo delicado pueden transformar la naturaleza misma.
Sobre una roca árida, una mujer se debate entre convulsiones de angustia profunda, sus brazos alzados al cielo en gesto de desesperación, sus ojos centellando de dolor. Las nubes permanentes que vagan por un mundo primigenio la observan desde sus alturas, descubriendo en ese acto de sufrir algo que desconocían: el llanto como acto regenerador. Cuando ella consigue calma tras las lágrimas, las nubes quedan perplejas ante esta revelación.
Comienzan entonces siglos de tormento para estas masas flotantes. Atrapadas en vendavales, desgarradas por rayos, alternando entre los polos y el ecuador, malheridas por los vientos y trituradas por presiones titánicas, anhelan llorar como lo hizo aquella mujer. Pero sus intentos fracasan: abren claros en su masa buscando ojos que no poseen, permanecen calladas en su desamparo. Las lágrimas que transportan les susurran que no entienden la esencia de lo que presenciaron.
Solo cuando las flores emergen sobre la tierra y las nubes descubren un nuevo amor, un propósito más allá del dolor, surge la transformación. Al ser alejadas violentamente de esas flores frágiles por el viento despiadado, algo se quiebra en su interior. El dolor de la pérdida, el sacrificio del amor, finalmente despierta en ellas la capacidad que ansiaban: llueven por primera vez, regando con sus gotas desgarradas el paraíso abandonado.
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