El 2 de enero de 1871, el nuevo rey Amadeo de Saboya cabalgaba hacia Madrid, ajeno a que su reinado sería efímero. Este libro recorre la breve trayectoria de la monarquía saboyana en España, desde su imposición por Prim hasta la abdicación…
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El 2 de enero de 1871, el nuevo rey Amadeo de Saboya cabalgaba hacia Madrid, ajeno a que su reinado sería efímero. Este libro recorre la breve trayectoria de la monarquía saboyana en España, desde su imposición por Prim hasta la abdicación que abrió paso a la Primera República. Indiferencia popular, hostilidad de la aristocracia, conflictos militares y pugnas políticas definieron un reinado que apenas duró tres años, marcando uno de los períodos más turbulentos de la historia española.
El 2 de enero de 1871, Amadeo de Saboya cabalgaba hacia Madrid para tomar posesión de la corona española. Su primer acto fue orar ante el cadáver de Prim, el general que lo había colocado en el trono. Luego se dirigió al Congreso y al Palacio de Oriente. Nadie sabía entonces que aquel monarca extranjero abandonaría España apenas dos años después.
Este relato se adentra en uno de los períodos más agitados de la historia hispana. La revolución de 1868 había derribado a Isabel II de Borbón esperando restaurar el orden. Las Cortes eligieron forma monárquica, pero encontrar un rey resultó imposible: las potencias europeas rehusaban enviar príncipes a un país convulsionado. Fue Prim quien logró que Amadeo aceptara la corona.
Desde el primer momento, la dinastía saboyana enfrentó resistencia silenciosa pero implacable. La aristocracia madrileña cerraba sus puertas al nuevo monarca. El clero lo rechazaba, tachándolo de hijo del carcelero del Papa. Los militares cuestionaban su autoridad. Castelar, en un memorable discurso, recordaba que los duques de Saboya habían sido antaño simples alabarderos de España, una humillación directa al trono.
Amadeo intentó todo: paseaba a pie sin escolta, asistía a corridas de toros aunque le desagradaban, presidía procesiones. Pero sus esfuerzos carecían de efecto. La prensa lo ridiculizaba. Los políticos se disputaban poder sin coordinar proyecto común. El turno entre sagastinos y zorrillistas fracasó. Y entonces llegó la cuestión de los artilleros.
El nombramiento de un general considerado responsable de asesinatos previos desencadenó un conflicto insoluble. Los oficiales se rebelaron contra presentarse en guarnición. Pidieron en masa el retiro. El rey no podía ceder ante militares sin perder ante políticos, ni apoyar ministros sin ganarse la enemistad del ejército. Era un callejón sin salida.
El 10 de febrero de 1873, Amadeo firmó el decreto de disolución del Cuerpo de Artillería y anunció su abdicación. Al día siguiente, leyó ante las Cortes un mensaje que hablaba de imposibilidad: entre voces contradictorias, entre españoles que peleaban por el bien de la patria, era imposible gobernar. Había buscado remedio dentro de la ley sin hallarlo.
Las Cortes aceptaron su renuncia con una respuesta redactada por Castelar. El 11 de febrero de 1873, Amadeo partía hacia Italia. En el hemiciclo, ya resonaba la palabra República.
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