Un muchacho minero encuentra una paloma blanca al atardecer y la hiere con su flecha. Cuando sostiene al ave moribunda en sus manos, sus ojos se encuentran y algo se quiebra en él.
Descargar
Un muchacho minero encuentra una paloma blanca al atardecer y la hiere con su flecha. Cuando sostiene al ave moribunda en sus manos, sus ojos se encuentran y algo se quiebra en él. En esa criatura agonizante, Curdie reconoce lo que ha dejado de ser. La montaña es el escenario donde la bondad y la crueldad se enfrentan, pero el muchacho ha elegido gradualmente volverse vulgar y escéptico, abandonando la capacidad de maravillarse. La muerte de la paloma marca el momento donde ya no puede ignorar quién está dejando de ser.
La montaña es descrita como una criatura viva, hermosa y terrible a la vez: un fragmento del corazón ardiente de la tierra que escapó de sus entrañas. Sus cavernas ocultan minas de oro, plata y piedras preciosas, mientras sus arroyos subterráneos corren como arterias a través de la roca. Curdie y su padre trabajan al servicio de un rey justo, extrayendo plata de esas profundidades. Hace poco más de un año, el muchacho ayudó a la princesa Irene a escapar de unos trasgos que la amenazaban, ganándose la gratitud del rey. Cuando la corte se marchó, Curdie eligió quedarse con sus padres en lugar de seguir al monarca hacia la riqueza y el poder, un acto de amor filial que complacía profundamente al rey.
Pero desde entonces, el muchacho ha comenzado a cambiar. A medida que crece, su cuerpo se desarrolla más rápido que su espíritu. Pierde interés en las cosas maravillosas del mundo: las abejas, las mariposas, las flores, los arroyos. Se vuelve cada vez más minero y menos hombre del mundo de arriba. Su escepticismo crece: duda de la existencia de la gran-más-que-abuela, esa figura misteriosa a la que la princesa hacía referencia y que su madre una vez vio envuelta en una extraña luz. Los mineros, gente práctica y sin imaginación, lo hubieran ridiculizado si mencionara tales cosas. Así, Curdie elige la duda sobre la magia.
Una tarde de verano, cuando regresa de la mina con su arco y sus flechas, ve una paloma blanca posada sobre una roca, iluminada por la luz rojiza del atardecer. El ave se acicala las alas con delicadeza. Curdie siente una empatía inexplicable: se compenetra con la criatura, imagina el placer de volar, experimenta su libertad. Pero en un arrebato de orgullo por su habilidad como arquero, dispara. La flecha encuentra su blanco. La paloma cae con el ala rota, sangrando.
Cuando toma al ave entre sus manos, algo cambia profundamente. La paloma lo mira directamente a los ojos. No intenta escapar, solo palpita y sangra mientras lo escrudriza. En esa mirada, Curdie ve preguntas: ¿qué ha pasado? ¿Adónde se fueron el sol, las nubes, el viento? El pájaro fallece entre sus manos. Un sollozo lo sacude. No comprende por qué una simple paloma lo afecta así, hasta que el recuerdo lo golpea: justo antes de que la princesa partiera, una paloma blanca voló alrededor del rey y de Irene. Podría ser la misma. Y la abuela de la princesa, esa figura que quizá sea real o quizá sea un sueño, criaba palomas blancas. ¿De quién si no sería el ave que acaba de matar?
En ese instante, Curdie comprende una verdad devastadora: ha matado cuando debería haber salvado. Ha elegido destruir en lugar de proteger. Todo lo que lo rodea parece confrontarlo con sus propias acciones. Ha dejado de ser el muchacho que quiso ser.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.