En julio de 1949, en Puente Real, una partida de cartas en el Nuevo Casino es interrumpida por un hallazgo macabro: el cadáver de Engracia Huerta en el río. La respetada maestra y directora de la escuela no murió por accidente.
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En julio de 1949, en Puente Real, una partida de cartas en el Nuevo Casino es interrumpida por un hallazgo macabro: el cadáver de Engracia Huerta en el río. La respetada maestra y directora de la escuela no murió por accidente. El forense descubre detalles perturbadores: marcas de violencia, una víbora introducida deliberadamente, traumatismo craneal. Comienza un misterio que cuestiona todo lo que esta pequeña comunidad de posguerra creía saber de sí misma.
Bajo las aspas giratorias de un ventilador que apenas mitiga el calor sofocante de julio de 1949, cuatro hombres se instalan en el Nuevo Casino de Puente Real. El médico Manuel Vega, el capitán Domingo Solís de la Guardia Civil, el alcalde Santiago y mosén Hipólito, archivero de la catedral, reproducen su ritual cotidiano: una partida de cartas entre gestos cómplices y bromas que disipan la tensión de la tarde tórrida. Es el día de san Fermín, y la ciudad bulle de actividad, pero en el Nuevo Casino el tiempo parece suspendido. Manuel está en recuperación tras la muerte reciente de su hijo, y sus amigos lo han acogido nuevamente en la partida como un acto de piedad envuelta en normalidad.
Todo cambia cuando irrumpe la urgencia: un cadáver ha aparecido en las aguas del río. Los chicos que iban a bañarse lo hallan boca abajo entre los carrizos. Es Engracia Huerta, la respetada maestra y directora de la escuela local. Lo que comienza como hipótesis de accidente se transforma en algo más oscuro cuando Manuel, como forense, examina meticulosamente los restos en la fría sala de autopsias.
Bajo las ropas empapadas descubre erosiones deliberadas, ausencia de sujetador, una hinchazón anómala. De la vagina extrae un reptil: una víbora, especie ajena a esa zona del río, con la cabeza machacada. Los detalles proliferan: señales de violencia, fractura profunda en el cráneo, un cuerpo que habla de intención perversa. No hay accidente fortuito, sino manos expertas en la crueldad.
Esta novela sitúa al lector en la España de posguerra, en una pequeña provincia donde la moral oficial convive con secretos oscuros y pasiones contenidas. Puente Real es un lugar de convencionalismos y apariencias, donde hombres respetables juegan cartas mientras guardan misterios inconfesables. La muerte de Engracia no es cierre sino puerta abierta a un enigma que cuestiona todo lo que estos hombres creían saber de sus semejantes y de sí mismos.
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