Dentro de un reclusorio para mujeres en la Ciudad de México, un periodista espera la llegada de Sandra Ávila Beltrán. Cuando aparece, con movimientos lentos y una presencia que disuelve los límites de la celda, comienza una serie de…
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Dentro de un reclusorio para mujeres en la Ciudad de México, un periodista espera la llegada de Sandra Ávila Beltrán. Cuando aparece, con movimientos lentos y una presencia que disuelve los límites de la celda, comienza una serie de encuentros que irán develando la vida de una mujer nacida dentro de las redes del narcotráfico. A través del diálogo emergen mundos de opulencia extrema y violencia continua, la historia de capos legendarios y el ejercicio del poder absoluto que modela existencias.
Un periodista accede a una sala de juntas en un reclusorio de mujeres para conversar con Sandra Ávila Beltrán, conocida como la Reina del Pacífico. Lleva preguntas cuidadosamente preparadas sobre la vida de esta mujer, pero el encuentro real trasciende cualquier cuestionario formal. Cuando ella ingresa al espacio, el ambiente cambia. Sus ojos oscuros sostienen la mirada del periodista. Lo que sigue será una serie de encuentros, algunos entre semana, donde la conversación fluye sin restricciones, durante horas. El diálogo se convierte en instrumento para acceder a una vida vivida en los extremos.
Sandra Ávila creció rodeada de conexiones con los principales narcotraficantes mexicanos: Osiel Cárdenas, Rafael Caro Quintero, Miguel Ángel Félix Gallardo, Joaquín Guzmán Loera. Su madre comparte apellido y familia con Félix Gallardo. La infancia transcurrió en Tijuana en una vivienda de proporciones considerables, con múltiples dormitorios, zona de juegos y piscina. Estaba rodeada de hermanos que se formaron como profesionales: abogados, administradores, odontólogos, especialistas en comercio internacional. Sin embargo, la riqueza que la envuelve no surge de ocupaciones corrientes sino de estructuras de poder construidas en la clandestinidad.
Ha posado sobre caballos de pura sangre, ha portado oro macizo, ha conducido vehículos de lujo, ha participado en competencias de caballos y festividades que se extendían por jornadas completas. Define su naturaleza como profundamente femenina, aunque expresa que hubiera deseado ser hombre. Pero la sofisticación y los bienes materiales coexisten con una violencia que no cesa de crecer. A los catorce años su hijo fue secuestrado. Ha vivido exiliado en Canadá, posteriormente en Argentina. Ahora le es imposible viajar a verla sin exponerse a peligro.
Cuando mira hacia un lado percibe el narcotráfico, cuando mira al otro ve a las instituciones de seguridad, cuando observa al frente los ve actuando en conjunto. La confrontación armada desatada contra el narcotráfico amplificó una violencia que ella siempre conoció, convirtiendo ciudades significativas para su existencia en espacios de muertes sucesivas. En el reclusorio, donde permanece sin acusación clara según su relato, el llanto es estado común. Su mirada refleja la desolación propia de quien ha gozado según sus deseos pero ha sufrido más allá de toda previsión. En su trayecto, los extremos del goce y la tragedia se han tocado.
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