En el campamento del ejército, cuando la primavera anuncia el movimiento, Henry Fleming escucha el rumor de una batalla inminente. El joven soldado se retira a su barraca enfrentándose a una pregunta que lo atormenta: ¿podrá mantener el…
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En el campamento del ejército, cuando la primavera anuncia el movimiento, Henry Fleming escucha el rumor de una batalla inminente. El joven soldado se retira a su barraca enfrentándose a una pregunta que lo atormenta: ¿podrá mantener el coraje cuando llegue el momento de luchar? Recuerda su alistamiento, la oposición de su madre, las noches de espera ansiosa. Ahora, ante la posibilidad real del combate, sus certezas se desmoronan y descubre que no sabe nada de sí mismo en tiempos de guerra.
El campamento militar se estira sobre las colinas cuando el frío cede paso a la primavera. Los soldados despiertan a nuevas noticias: mañana habrá un avance, se dice, un cruce del río para rodear al enemigo. Entre las barracas pardas y achatadas, entre el humo de las chimeneas, los rumores se dispersan. Unos hombres discuten acaloradamente sobre la verdad de las noticias; otros se preparan con la inquietud de quien siente que algo ha cambiado. Henry Fleming, un muchacho entre los muchos, se retira a la soledad de su barraca. Lleva meses en el campamento sumido en una espera que lo erosiona. Ha soñado con batallas toda su vida, imaginándose a sí mismo en grandes conflictos, cubierto de gloria y honra. Pero ahora que la guerra es posible, real, inminente, descubre que no conoce nada sobre sí mismo en tiempos de verdadero combate. Recuerda cómo llegó aquí: el entusiasmo patriótico del pueblo, la campana de la iglesia tocando a rebato por una batalla lejana, su propia sed de heroísmo que su madre intentó desvanecerse con razones prácticas. Se alistó una noche, impulsado por un arrebato que ahora le parece lejano. Recuerda las palabras de su madre: sus advertencias sobre los hombres malos del ejército, sus consejos sobre mantener el honor, los ocho pares de calcetines tejidos en la mochila. Durante el viaje a Washington, se sintió héroe. En cada estación lo recibían con comida y sonrisas de muchachas. Pero los meses en el campamento erosionaron esa sensación. Prácticas, revista, espera. Poco a poco volvió a sus dudas antiguas. Vio patrullas enemigas a lo largo del río, hombres filosóficos que disparaban sin convicción, y hasta entabló breve conversación con uno que le dijo: «Yanqui, eres un buen rapaz». Escuchó historias de veteranos sobre soldados enemigos feroces y eternamente hambrientos. Pero todo eso es información sobre otros. Henry se enfrenta ahora a una pregunta que lo paraliza: ¿será capaz de permanecer firme cuando llegue el combate real? ¿O huirá, avergonzado para siempre? La incertidumbre sobre sí mismo lo atormenta. Hasta ahora ha tomado muchas cosas como seguras sin probarlas, pero la guerra es distinta. No sabe cómo se comportará. Es una incógnita para sí mismo.
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