Un escritor consagrado reflexiona sobre cómo su necesidad de admiración lo llevó a mantener una relación con David, un joven que visitaba su apartamento con la regularidad de un ritual.
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Un escritor consagrado reflexiona sobre cómo su necesidad de admiración lo llevó a mantener una relación con David, un joven que visitaba su apartamento con la regularidad de un ritual. Entre juegos intelectuales sobre literatura y música, y los silencios tensos de alguien cuyo padre había sido relegado años atrás, se teje una dependencia que el narrador solo reconoce cuando todo ha colapsado. La confesión revela que la vanidad fue siempre el verdadero protagonista.
El narrador es un escritor de renombre cuya carrera transcurre sin necesidad de premios para garantizar éxito. Su vanidad, desproporcionada y omnívora, se alimenta constantemente de admiración ajena: portadas de revistas literarias, reconocimientos institucionales, la reverencia de lectores. Esa admiración, reconoce con lucidez, funciona como droga adictiva.
David irrumpe en su vida a los catorce años, visitándolo sin previo aviso, acomodándose siempre en el mismo sillón junto a la ventana. Sus padres eran amigos del narrador: Eduardo, también escritor pero fracasado tras abandonar su trabajo como perito en seguros, y Rosa, profesora que se vio obligada a dejar su carrera. La precariedad económica de esa familia contrasta agudamente con el éxito del narrador.
Años después, una crítica despiadada a un manuscrito de Eduardo provoca la ruptura entre ambos hombres. Sin embargo, David continúa visitando al narrador, en pausas mañaneras donde solo existe presencia, sin intención declarada. Entre ellos crece una relación peculiar: paseos, comidas compartidas, un duelo intelectual donde el narrador lanza autores clásicos y David contraataca con estrafalarios escritores de culto que el narrador debe investigar en Wikipedia.
Bajo esa vivacidad intelectual existe melancolía visceral. David porta un cuerpo sin energía, mirada hundida, postura encorvada. De niño sufrió pesadillas terroríficas donde hombres mataban y descuartizaban a sus padres. El miedo al sueño nunca lo abandonó. Su sonrisa evoca a Woody Allen adolescente: ese desaliento ante las inclemencias de la vida.
Solo retrospectivamente el narrador comprende la verdad: nunca amó a David. El joven lo admiraba, lo buscaba, y eso alimentaba su insaciable vanidad. Cuando David cita un autor que hiere el orgullo del narrador, este le muestra la puerta. David se levanta, abre la puerta, sale, la cierra. Pasarán días sin contacto.
Ahora, cuando admite que David lo ha arruinado, el narrador enfrenta la verdad incómoda: fue siempre su vanidad, esa vanidad que lo tornaba dependiente de otros, la que estructuró esa amistad compleja.