Una mañana de enero, una sirena aparece varada en la playa de Gante. Un niño de diez años y su familia la rescatan, la curan de sus heridas y la acogen durante la noche.
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Una mañana de enero, una sirena aparece varada en la playa de Gante. Un niño de diez años y su familia la rescatan, la curan de sus heridas y la acogen durante la noche. Pero cuando amanece, la criatura desaparece dejando un rastro de sangre. Con ella se lleva a la hermana pequeña del narrador. Solo años después comprenderá que la compasión fue su trampa: aquellas heridas no eran de tiburón sino de otras sirenas. Lo que parecía bondad deviene una tragedia irreversible.
En una taberna junto al río Lys de Gante, un hombre anciano relata a su interlocutor la historia que marcó su vida. Años atrás, una mañana fría de enero de mil ochocientos diez, una sirena aparece varada en la arena de la playa cercana a su hogar. Su hermana, una niña de apenas cuatro años, es la primera en descubrirla; el narrador tenía entonces diez. Al principio creen hallarse ante el cadáver de otro contrabandista arrastrado por las aguas, pero descubren con espanto que la criatura respira. La familia la transporta hasta la casa, construida sobre un pequeño montículo que domina la playa. La cola de la sirena, de seis pies de largo, hace imposible que quepa en ninguna cama; la tienden en el salón sobre mantas y restos de hilado. Su cuerpo presenta un color blanco descolorido, marcado por heridas profundas en el abdomen. La madre asume la tarea de limpiar y vendar las lesiones. Cuando despierta, la criatura vomita una mezcla oscura cuyo olor trae consigo la esencia del océano. Aquella noche deja una huella indeleble en el corazón del niño. Sus ojos son de un rojo brillante, redondos como los de un jurel, dotados de una iridiscencia que brilla como fuego. El narrador reconocerá años después que jamás ha vuelto a sentir por nadie lo que sintió en ese instante. La sirena se comporta como una criatura sin lenguaje, apenas comprendiendo el mundo humano; sus movimientos revelan torpor en tierra firme, sus brazos están cubiertos de cerdas devastadas, su piel salpicada de cicatrices y heridas de toda índole. Emite un sonido extraño, entre el roce de cigarras y el de una cuerda de violín prolongada, que ninguno de los presentes vuelve a escuchar jamás. Pero cuando amanece, la sirena ha desaparecido. Solo queda un rastro viscoso de baba y sangre que parte de donde la dejaron y se pierde en el mar. La tragedia apenas comienza: la hermana pequeña no aparece. La búsqueda frenética por la casa, los armarios, la playa solo arroja un resultado devastador: jirones de ropa teñidos de rojo hallados cerca de la orilla. La madre cae de rodillas, el padre permanece silencioso ante la inmensidad azul. Su hija nunca regresa. Solo tiempo después el narrador comprende la horrible verdad detrás de las cicatrices que llevaba la sirena. Aquellas heridas no eran de tiburón sino de otras sirenas. La criatura había estado observando, planeando. No era un ser mitológico y romántico sino un depredador voraz que utilizó la compasión humana para aproximarse a su presa. La niña fue su objetivo desde el primer momento. El precio de aquella noche terrible es incalculable: primero el padre cae enfermo de pena y muere un año después; la madre le sigue poco después. Lo que pudo haber sido un acto de bondad se revela como la antesala de una pérdida que los destroza a todos.