En una playa vacía, una pareja observa a una niña mientras fotografía la puesta de sol. En otra escena, un hermano persigue a su hermana con la cámara, deseando capturar lo que jamás podrá poseer.
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En una playa vacía, una pareja observa a una niña mientras fotografía la puesta de sol. En otra escena, un hermano persigue a su hermana con la cámara, deseando capturar lo que jamás podrá poseer. Los cuentos de Cristina Peri Rossi trazan un mapa donde niños y adolescentes exponen las transgresiones silenciosas de quienes pretenden educarlos. La fotografía deviene obsesión, el incesto ronda en susurros, y la infancia se revela como el único testimonio de la verdad que la sociedad se empeña en negar.
En una playa bañada por luna llena, donde la espuma golpea las rocas, una pareja educada se prepara para fotografiar la puesta de sol. El paisaje es perfecto; ellos son prudentes, previsoramente abrigados. Entonces aparece una niña pequeña, vestida de blanco, que los mira con extraño escepticismo. La mujer intenta llamarla con dulzura; el hombre advierte: los niños, en estos tiempos, son peligrosos. Hay desorden en las generaciones. Esta advertencia abre el universo de Cristina Peri Rossi.
Sus cuentos funcionan como casas interiores, según observa Julio Cortázar en el prólogo. Cada relato propone habitaciones contiguas, puertas condenadas, la tentación irresistible de traspasar lo prohibido. El lector se adentra en ellas sin poder contenerse.
En uno de estos espacios habita un hermano joven, armado de cámara fotográfica. Obsesivamente sigue a su hermana Alina a través de la playa y la arena. Le ruega que pose desnuda. No hay crueldad explícita; hay insistencia paciente, caricia tímida sobre sus huellas en la arena, invocación de un pasado compartido. La lente fotográfica se convierte en instrumento de captura: como si congelar la imagen equivaliera a poseerla. Pero Alina permanece esquiva, ajena a su obsesión, distraída por otras vidas y causas. El deseo del hermano persigue formas que jamás alcanzará.
Peri Rossi construye con precisión perturbadora. No hay violencia explícita, no hay gritos. Hay silencio cómplice, lenguaje cifrado de quienes comparten sangre y secreto. Hay adolescentes que se juegan la libertad en transgresiones minúsculas. Y hay niños cuya simple presencia desvela las mentiras que los adultos sostienen como verdad. La infancia deviene testigo, víctima y juez: expone lo que sus educadores prefieren negar, que la sociedad que supuestamente los resguarda es la misma que los inmola.
En estos cuentos, la fotografía es metáfora central. Capturar es poseer; congelar es controlar. Pero la cámara jamás cumple su promesa. Los personajes habitan espacios morales fracturados donde víctima y victimario se desdibujan, donde el deseo persigue lo inalcanzable, donde cada transgresión es síntoma de la imposibilidad de amar sin destruir.
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