La historia de Anne comienza en la infancia observando películas con su madre, soñando con estrellas. De adulta trabaja en un casino de Las Vegas, donde observa a Sean, un crupier que cautiva su atención.
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La historia de Anne comienza en la infancia observando películas con su madre, soñando con estrellas. De adulta trabaja en un casino de Las Vegas, donde observa a Sean, un crupier que cautiva su atención. Después de dos relaciones fallidas, Anne busca reinventarse, dejar de ser la esponja que fue para sus parejas, y permitir que la vida la sorprenda.
Anne observa desde la barra del casino Golden Apricot la inquietud de Sean, el crupier de la mesa de blackjack. No es la primera vez que lo hace: ha pasado meses estudiándolo en silencio, aprendiendo sus gestos, sus hábitos, su forma de moverse con precisión entre las cartas. Pero no se atreve a acercarse, atrapada como siempre entre lo que desea y lo que teme hacer.
La infancia de Anne fue teñida de luz de pantalla de cine: ella y su madre veían películas juntas, reclinadas en un viejo sofá de vinilo, críticas la una con la otra sobre las historias que se desplegaban ante ellas. Su padre, que murió en un accidente laboral cuando ella era pequeña, le había dejado un regalo duradero: un dibujo de dos figuras volando hacia Nunca Jamás bajo un cielo de estrellas. Esa imagen la persiguió toda su vida, la idea de que las estrellas pueden marcar el camino a casa, que el amor puede surgir en un instante.
De adulta, Anne cargó con esa ilusión como una losa. En sus dos relaciones serias intentó ser lo que sus parejas necesitaban: una esponja que se comprimía y se expandía para encajar. Ambos la dejaron con la misma frase: “Me asfixias”. Ahora, a los veintiséis años, recién terminada una era, ha decidido dejar ir ese guion de película que su madre habría criticado sin piedad. Quiere ser espontánea, dejarse sorprender, no buscar sino permitir ser encontrada.
Y entonces está Sean, con sus ojos verdes y su porte de pantera, con sus manos ágiles repartiendo cartas y un móvil que no deja de mirar esta noche, como si algo grave lo pesara. Anne lo observa mientras prepara bebidas. Sabe exactamente cómo huele, qué perfume usa, cuáles son sus marcas favoritas. Sabe que es zurdo, que le molesta el humo, que se muerde las uñas cuando se preocupa. Sabe todo esto sin que él lo sepa, y la brecha entre lo que ella ve y lo que él ignora se vuelve cada vez más incómoda.
En La Terquedad de las Estrellas, Lara Beli cuenta la historia de una mujer que aprendió a querer a través del cine, que se perdió en sus intentos de ser amada, y que ahora debe descubrir quién es cuando deja de actuar. Una novela sobre cómo las obsesiones silenciosas pueden crecer en las grietas de las noches de casino, sobre el espacio entre observar y actuar, y sobre si las estrellas realmente tienen el poder de guiarnos a casa.
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