La Plata, 1933. Mientras que cosen y bordan en el seno del hogar, las mujeres de una familia argentina comentan la ausencia de Mita, la farmacéutica que se casó y partió hacia Coronel Vallejos.
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La Plata, 1933. Mientras que cosen y bordan en el seno del hogar, las mujeres de una familia argentina comentan la ausencia de Mita, la farmacéutica que se casó y partió hacia Coronel Vallejos. Entre anécdotas sobre plantas que no crecen, pollos para la cena y los anteojos rotos de Adela, emerge un retrato de vidas limitadas por la época: la dedicación al trabajo doméstico, los sacrificios para educar a una hija que se aleja, la resignación ante lo inevitable.
La Plata, 1933. En la casa de los padres de Mita, las mujeres trabajan con sus manos mientras conversan. Conversan sin orden, como sucede en la vida real: pasan de un tema a otro, interrumpen, retoman. Hablan de las labores que les quitan la espalda, de un cubrecama que mandará a Mita para la cama del nene, de la luz escasa en los dormitorios de ese pueblo lejano donde Mita ahora vive. La madre tiene pena de que su hija no pueda disfrutar de esta casa grande y cómoda que al fin terminaron de construir. Pero Mita se fue a trabajar un año y nunca regresó. Se quedó en Coronel Vallejos con Berto, quien apenas es un hombre que a fuerza de trato empieza a gustar, dicen. Mientras cosen, en cambio, comentan a los demás: el farmacéutico que antes mezquinaba los recursos del hospital; Sofía Cabalús, la compañera de Mita en la Facultad, que ahora vive encerrada leyendo porque su padre está loco de atar; Violeta, que lleva pintados los ojos como una gitana y sale a hacer la cena sola por las calles; Adela, que gasta casi medio mes de trabajo en unos anteojos de carey legítimo. El tono es de familiaridad sin estridencia. Se habla del cine, de Carlos Palau, del actor que tanto se parece a Berto. De políticas domésticas: cómo preparar un guiso que no sea pesado, cómo hacer croquetas para un estómago delicado, cómo hacer crecer pastito inglés en un pueblo de sequía. En el segundo capítulo, la escena se traslada a la casa de Berto en Vallejos. La niñera y una sirvienta conversan en la penumbra mientras el nene duerme. El tono cambia: hay dureza, miedo, advertencias sobre peligros que no se nombran completamente. La novela retrata la intimidad de una época mediante el diálogo fragmentado: lo que no se dice es tan importante como lo que se pronuncia. Es un mundo donde las mujeres aceptan sus vidas ajustadas, donde el sacrificio de educar a una hija es el sacrificio de perderla.