En la víspera de su ejecución, Cayetano Ripoll escucha desde su celda el viento que atraviesa los barrotes. Este catalán de cuarenta y seis años, ahora maestro rural en las huertas de Valencia, nunca imaginó que su deseo de vivir en paz,…
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En la víspera de su ejecución, Cayetano Ripoll escucha desde su celda el viento que atraviesa los barrotes. Este catalán de cuarenta y seis años, ahora maestro rural en las huertas de Valencia, nunca imaginó que su deseo de vivir en paz, enseñando a los hijos de jornaleros y compartiendo su existencia entre los campos y los libros prohibidos, lo llevaría a la horca. La España de 1826 respira terror absolutista, y los maestros como él, que se atreven a pensar diferente, pagan el precio de la herejía.
Valencia, julio de 1826. Cayetano Ripoll aguarda en su celda la ejecución que la Junta de Fe ha dictado. Tras ser ahorcado, su cadáver será arrojado al río Turia, ese arroyo que cada otoño se desborda trayendo fertilidad y ruina a partes iguales.
Dos años antes, en el verano de 1824, Ripoll era otro hombre, o al menos fingía serlo. Este maestro catalán, un hombretón de más de seis pies con cabello rubio y canoso recogido en coleta, había construido una escuela rural en la más remota partida de Ruzafa. Los vecinos lo consideraban un extravagante: algunos lo veían como un aventurero, otros como una especie de Cristo, pocos comprendían que fuera simplemente un hombre cansado que deseaba vivir en paz.
Su forma de enseñar era radical para la época: en lugar del tradicional ‘Ave María Purísima’, saludaba con un ‘Alabado sea el Señor’. No enseñaba religión de manera devota sino como ley moral. En las veredas hablaba de la metamorfosis de los gusanos en mariposas, de los carros de fuego de Inglaterra, de las luces de gas en París y Londres. Los hijos de jornaleros volaban con su imaginación hacia mundos lejanos.
Lo ayudaba Mariana Gabino, lavandera de espíritu rebelde y libre. Las malas lenguas susurraban que vivían en pecado. Las comadres chismeaban mientras Ripoll cabalgaba en las tardes por la dehesa, leyendo libros prohibidos, rechazando las procesiones.
Pero la España de 1820 vivía bajo el terror absolutista. Cayetano Ripoll, que había regresado del exilio aplaudiendo la revolución constitucional, cometió el error de mantener viva esa esperanza en los rincones olvidados. Su insistencia en enseñar a los olvidados lo condenó.
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