Cuatro virtudes divinas debaten en el cielo la suerte del Hombre: mientras la Justicia y la Verdad exigen su castigo por la desobediencia, la Misericordia y la Paz abogan por su perdón.
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Cuatro virtudes divinas debaten en el cielo la suerte del Hombre: mientras la Justicia y la Verdad exigen su castigo por la desobediencia, la Misericordia y la Paz abogan por su perdón. El Amor Divino llega en desafío, proclamando que existe otro camino para la redención. En este auto sacramental alegórico, las fuerzas de Dios se enfrentan y reconcilian a través de un acto de amor infinito: la Encarnación de Cristo.
En los cielos, cuatro virtudes divinas se reúnen para resolver un dilema teológico: la suerte del Hombre tras su primer pecado. Justicia y Verdad reclaman castigo severo por la desobediencia cometida en el Paraíso, argumentando que la ofensa contra Dios es infinita y solo la muerte podría expiarla. Misericordia y Paz interceden por clemencia, insistiendo en que Dios posee atributos de compasión además de severidad.
El Hombre, vestido de hojas, aparece desterrado en montañas áridas, narrando su caída. Cuenta cómo comió la fruta prohibida por amor a Eva, cómo la vergüenza y el terror lo invadieron tras el pecado, cómo toda la creación ahora se vuelve contra él: el suelo lo hiere, el hambre lo atormenta, los vientos lo desafían. Vive en la Miseria, rechazado por el mundo que alguna vez le obedecía como príncipe.
El Verbo divino escucha el debate de las virtudes y consulta a los nueve coros celestiales, pero en toda la creación —ni entre ángeles ni entre los hombres— encuentra a alguien capaz de satisfacer la ofensa infinita. Entonces llega el Amor Divino, montado como caballero galante en desafío abierto. No viene armado para batalla física sino para una contienda de razones: si Justicia y Misericordia son ambas atributos eternos de Dios, ¿por qué deben permanecer separadas?
En el enfrentamiento que sigue, el Amor propone lo imposible: el Verbo debe tomar carne humana, encarnarse en el seno de una virgen, y pagar así con la vida del Hombre-Dios la deuda contraída por la humanidad. El Verbo, movido por el Amor, acepta. Justicia y Misericordia se abrazan. Verdad y Paz sellan el acuerdo. El drama teológico alcanza su resolución: la redención no será negación de la Justicia sino su cumplimiento a través del sacrificio redentor.
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