Una hija cuida a su madre octogenaria que confunde tiempos. Desde la ventana, la madre ve su pueblo natal. Llama a su hija por el nombre de una hermana muerta.
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Una hija cuida a su madre octogenaria que confunde tiempos. Desde la ventana, la madre ve su pueblo natal. Llama a su hija por el nombre de una hermana muerta. La narradora rememora cómo los matrimonios de su generación se quebraron cuando los hombres buscaron mujeres más jóvenes. De niña espió en silencio esas noches de club donde su madre fumaba, observando cómo nuevas parejas llegaban. Ahora, la madre la mira con la misma dureza con que ella observó a su madre.
Una hija duerme en una habitación contigua a la de su madre de ochenta años. Por la ventana, la madre ve una calle de adoquines con dos plátanos altos en la vereda, la casa de enfrente con su Santa Rita blanca en el patio. A veces cree estar en el pueblo de su infancia. A veces confunde a su hija con su hermana Nely, muerta años atrás. Rechaza mirarse al espejo. Algunos días no reconoce a quien la cuida y la mira con desprecio, como si fuera una extraña que se metió entre sus cosas.
La narradora rememora su propia infancia, espiando desde el borde del sueño las noches en el club de su barrio. Su madre fumaba en silencio, junto a sus amigas Gaby, Bochi y la tía Nely. Esas mujeres observaban las nuevas parejas que llegaban cada viernes: chicas preciosas de labios gruesos, rodillas huesudas, remeras sin hombros. Los maridos jugaban al póker mientras ellas se agrupaban en una esquina como excombatientes. Comentaban que la diferencia de edad no era nada nuevo en la historia. Pero cuando lo vivían en sus propias vidas, decían que era ridículo.
Una noche de octubre de 1994, cuando la narradora tenía diez años, su padre entró a la habitación donde su madre reposaba. No se quitó la campera. Parecía un enfermero acercándose a un lecho en peligro. Dijo simplemente: “Me voy”. Nada más. Se fue bajando las escaleras, corriendo el portón, activando la alarma.
La madre quedó en la oscuridad, viendo asomar por debajo de la almohada el pijama celeste con rayitas blancas. Lo reconocía. Lo habían comprado juntos en el Corte Inglés de Madrid, después de pasar horas subiendo y bajando pisos, discutiendo sobre el tiempo perdido. Desde la luna de miel en Río de Janeiro, ambos guardaban sus pijamas debajo de la almohada, doblados como un ritual. Veintisiete años de matrimonio guardados así.
Las mujeres de esa generación aprendieron a observarse a sí mismas como anatomistas. Conocían cada línea del envejecimiento: las comisuras de los labios, la piel debajo de los brazos, las manchas que no se van más, el cuello de reptil, los ojos hundidos. Habían parido, enterrado a sus padres, cocinado dos veces al día, criado sin dormir, rechazado viajes y ascensos. Ahora veían alejarse a sus maridos. Solo les quedaba el odio. Un odio silencioso, amargo, un verdadero placer practicado en la soledad.
Ahora la narradora es adulta. Cuida a su madre con la ayuda de Esther, una cuidadora. Su amigo Agus, de infancia, las visita. La madre rejuvenece en el jardín, sonríe mirando sus plantas. Agus fue quien se descubrió gay años atrás, quien viajó a Ibiza diciendo que estaba desperdiciando su vida. La madre le sentó y le dijo que no había desperdicio, que la vida tiene profundidad, tiene niveles, capas, subsuelos. Que es un baile, no hay que ir a ninguna parte. Ahora, en el deterioro de esa misma madre, confundida y mirando por la ventana, su hija finalmente entiende que toda esa observación silenciosa desde la infancia fue un entrenamiento. Un aprendizaje sobre cómo sobrevivir.
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