Una llamada llega cierta mañana de abril. Ángel Raimapo, psicólogo de veintisiete años que aún carga el duelo de su padre desaparecido en la montaña, recibe la oportunidad de su primer trabajo profesional.
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Una llamada llega cierta mañana de abril. Ángel Raimapo, psicólogo de veintisiete años que aún carga el duelo de su padre desaparecido en la montaña, recibe la oportunidad de su primer trabajo profesional. Deberá trasladarse a Baker, al extremo sur de Aysén, donde la Patagonia aguarda con sus paisajes imponentes y su soledad inevitable. En el viaje que lo llevará hacia allá, conocerá a Alexandre y Hellen, una pareja suiza que encenderá algo nuevo en su pecho.
Es la mañana del veinticuatro de abril de dos mil catorce cuando el celular de Ángel Raimapo suena con una propuesta que alterará su trayectoria. A sus veintisiete años, habita aún en Coyhaique bajo el cuidado de su madre, Millaray, único sustento familiar tras la muerte de su padre hace apenas tres meses. Guayna, tropero de oficio, se internaba periódicamente en la montaña para reunir ganado salvaje; una nieve sorpresiva años atrás lo hizo desaparecer durante meses, hasta que sus huesos fueron hallados en el fondo de un barranco.
Ahora, la llamada lo convoca a trasladarse trescientos cincuenta kilómetros al sur austral, a Baker, un diminuto caserío donde apenas existen comodidades. El trabajo promete sacrificios: abandonar la casa materna, adentrarse nuevamente en las tierras que se llevaron a su padre, enfrentar una soledad que define a la Patagonia.
El viaje en bus es largo e incómodo. La lluvia se transforma en aguanieve, las montañas inmensas se suceden como guardianes de un territorio remoto. Ángel observa desde su asiento, la mente oscilando entre la aprensión y una esperanza frágil. Entonces la conoce. Hellen es suiza, rubia de ojos azules, viaja con Alexandre, su novio, joven alto y despreocupado que habla varios idiomas. En el compartir del mate, en conversaciones fragmentadas sobre paisajes y clima, algo despierta en Ángel. Momentos después, cuando entran juntos al bosque durante una reparación inesperada del bus, Hellen lo besa en la mejilla mientras Alexandre captura fotografías. El tiempo se alarga como si nunca fuera a transcurrir. Esa cercanía lo sacude de una manera que no esperaba.
A las nueve de la noche llegan a Baker, a un hospedaje regentado por Miriam, mujer hospitalaria de mirada penetrante. Los suizos aceptan compartir una pieza con dos camas, Ángel ocupa su habitación reservada. El encuentro ha dejado su marca. La Patagonia lo espera. Hellen también, aunque Ángel aún no sepa qué traerá consigo el siguiente paso de su vida en aquellas tierras de extrema belleza y soledad.
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