Un carruaje se detiene frente a una casa de campo. Bárbara Ivánovna y su hija Margarita descienden tras dos agotadores días de viaje desde Petersburgo, huyendo de la revolución.
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Un carruaje se detiene frente a una casa de campo. Bárbara Ivánovna y su hija Margarita descienden tras dos agotadores días de viaje desde Petersburgo, huyendo de la revolución. La pensión del doctor Byrdin las acoge aquella noche, donde conocen a otros huéspedes y comparten cenas sobre tiempos inciertos. Pero la madrugada trae una muerte súbita que deja a Margarita sola en el mundo, viuda de su madre, en una casa de extraños durante el colapso de un imperio.
Un carruaje tirado por una yegua de anchos huesos se detiene frente a la escalinata de una espaciosa casa de campo. Bárbara Ivánovna y su hija Margarita descienden extenuadas tras más de dos días de viaje desde Petersburgo, huyendo de la revolución que sacude la capital. Han padecido vagones abarrotados, cambios de tren caóticos, gente desesperada. La pensión del doctor Byrdin, ubicada a veinte verstas de la estación, se convierte en su refugio. Esa primera noche, se sientan a cenar en la terraza bajo la luz de una lámpara de porcelana blanca. Los otros pensionistas, robustos y enrojecidos por el sol, escuchan los relatos de Bárbara Ivánovna sobre los disturbios en Petrogrado. Las conversaciones giran alrededor del miedo, la muerte, la política. Margarita, joven y hermosa, contempla con distancia aquel parloteo. Pero en las horas oscuras, Bárbara Ivánovna sufre un ataque repentino. El doctor Byrdin corre en busca de hielo, intenta salvarla, pero es inútil. Entre un ataque y otro transcurren apenas treinta minutos. Margarita grita, solloza, permanece desprotegida junto al cuerpo de su madre. La muerte ha llegado sin previo aviso a una casa ajena, llevando consigo toda certidumbre. Margarita queda sola en el mundo.
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