Un adolescente rema en las aguas de su río provinciano, aquella tarde de verano en que hizo novillos para huir hacia lo único que lo importa. Oliva, la dueña de las barcas, le confía los remos con la familiaridad de quién conoce el pulso…
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Un adolescente rema en las aguas de su río provinciano, aquella tarde de verano en que hizo novillos para huir hacia lo único que lo importa. Oliva, la dueña de las barcas, le confía los remos con la familiaridad de quién conoce el pulso del agua. Entre la ciudad-pirámide que trepa arriba y la selva cursiva de la margen derecha, el río guarda sus mitos: las giganteas de oro, la presa del finisterre, las muchachas bañándose. Una barca lo acerca a la población gitana bajo el puente, donde una joven madre pide que la lleve. El viaje es cartografía de la infancia, de lo que se abandona sin saber que se abandona.
Un adolescente de quince años, criado en casa bajo la mirada de su abuela y su madre, desciende cada tarde al río que circunda su ciudad. Allí encuentra a Oliva, la dueña de las barcas, una mujer descalza y despeinada que vive entre las aguas como una ninfa terrestre, guardiana del embarcadero desde siempre. Por una peseta doblada de forma geométrica, ella le cede un esquife: la barca justa para quien quiere remar como navegante solitario, no el molinete de las parejas que pasean, sino el movimiento unánime de quien domina el agua.
El río mismo es personaje. Grande, pardo, lento y raudo, viene de Los Negrales y lleva la ciudad a su izquierda: iglesias sonoras como antiguos relojes, torres como incendios, tenerías y fábricas. A la derecha se extiende una selva de árboles inclinados al agua, cuya tierra ha sido socavada por años de corriente. El remero viaja de espaldas a su destino, los ojos cerrados hacia adelante, pero posee ese ojo de la nuca que los orientales sabían pintar: sabe dónde va sin verlo.
Existen los mitos que la infancia ha legado. Las giganteas: flores de girasol colosales en la península final, junto a la presa, tesoro de pipas crudas y tiernas con sabor verde. La presa misma, el finisterre del río, donde el agua se vuelve rápida y peligrosa, donde la corriente acelera el universo. Y las muchachas que la leyenda dice que bañan en primavera y verano, semidesnudas entre los juncos altos, figura que ha permanecido en la cabeza desde el colegio, boca en boca en los recreos: francesas, costureras, pantaloneras de las Delicias.
Una tarde, el joven rema más allá de su ruta habitual. Bajo el puente colgante, en la península de humo donde acampan los gitanos, detiene la barca. Una mujer joven sale de la lona con un niño pegado a su pecho, la falda larga volando, pies descalzos, bailarín el andar. Pide que la lleve río arriba, hacia la ciudad. Se sienta al borde opuesto, el niño mamando, ella mirando hacia los desmontes blanquecinos de la capital, adonde irá a mendigar, a robar migajas, a ser presencia del otro mundo en este. El remero observa su pecho oval, ese pezón quemado, y se llena de amor y miedo por la gitana madre, leve, joven, hermoseada de verde.
El río es paso del tiempo, territorio de la mitología personal. El remero, recién abandonada su infancia, busca en las aguas los ecos de lo que fue, sabiendo que si las muchachas bañistas aún existen, serían ya otras, mayores que el que sueña. Remonta lentamente, observando cómo gira el cielo al girar los remos, cómo la nada hermosea lo que existe, cómo el destino natural de todo es la presa, como el destino del río es la muerte.