La princesa Ana camina por los salones del palacio de St. James con una nota de amor guardada en el corpiño, releyendo cada palabra del conde Mulgrave.
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La princesa Ana camina por los salones del palacio de St. James con una nota de amor guardada en el corpiño, releyendo cada palabra del conde Mulgrave. Entre tapices que celebran antiguos amantes, ella sueña con casarse por pasión, no por deber, y busca que John Sheffield sea su verdadero esposo. Pero ni el amor ni la juventud son suficientes para enfrentar las convenciones de la corte y los cálculos políticos que rodean a una princesa real.
La princesa Ana de York camina por los salones del palacio de St. James llevando consigo una nota de amor que ha leído y releído. En el corpiño esconde las palabras que John Sheffield, conde de Mulgrave, le ha dedicado en verso. Entre tapices que representan a Venus y Marte, ella imagina que su propia pasión rivaliza con la de los dioses. Ana es joven, mimada desde la infancia, acostumbrada a eludir sus obligaciones mediante excusas delicadas. Ve cómo su hermana María fue obligada a casarse con el príncipe de Orange por razones de Estado, confinada en Holanda, lejos de su familia. Determinada a que esto no le ocurra, Ana cree poder convencer a su padre y su tío, el rey, de permitirle casarse por amor.
En el patio del palacio, bajo la capa de la clandestinidad, Ana y Mulgrave se encuentran. Ella declara su deseo sin ambigüedad: desea casarse con él. Mulgrave, hombre ambicioso que sirve como caballero de cámara, se debate entre la dicha y el terror de semejante perspectiva. Es consciente de que una unión con la princesa —quien podría llegar a ser reina si las circunstancias políticas lo permitieran— sería considerada inaceptable por la corte. Le advierte sobre la necesidad de discreción absoluta.
Aparece Sarah Churchill, dama de compañía de la duquesa de York y amiga íntima de Ana. Sarah es astuta, observadora, impulsada por su propia ambición de ascender junto a su marido John Churchill. Al descubrir el romance, finge comprensión, pero en privado ve con recelo esta pasión. No desea que ningún otro hombre, por ambicioso que sea, adquiera más influencia sobre Ana que la que Sarah misma ejerce. Acepta servir como intermediaria en los encuentros clandestinos, pero con la intención secreta de sabotear una unión que considera inconveniente.
La novela captura el choque entre el amor romántico de una princesa ingenua y las realidades del poder político. Ana, acostumbrada a que el mundo ceda ante sus deseos, no comprende plenamente que su futuro no le pertenece. Mulgrave, seducido tanto por la pasión como por la posibilidad de ascenso, ignora cuán frágil es esta alianza. Y Sarah, armada de inteligencia y ambición, se posiciona para controlar los hilos que tejen el destino de todos ellos.
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