Una mujer recuerda su infancia en una casa provincial donde su mundo estaba rigidamente separado del de su hermano. Bajo la vigilancia constantemente atenta de su madre y las lecciones rigurosas de su tía, aprende las reglas de ser niña:…
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Una mujer recuerda su infancia en una casa provincial donde su mundo estaba rigidamente separado del de su hermano. Bajo la vigilancia constantemente atenta de su madre y las lecciones rigurosas de su tía, aprende las reglas de ser niña: no saltar, no reír fuerte, ser modesta y dulce. Pero su espíritu curioso la impulsa a cuestionar el orden injusto que limita sus libertades. Cuando una amiga revela verdades incómodas sobre la intimidad matrimonial, la brecha entre la inocencia que le inculcan y la realidad que intuye comienza a ensancharse.
En una antigua casa de Santa Clara, en los rincones donde amarillos y rojos mosaicos gastados dejan agua después del baldeo, una niña crece vigilada con la precisión de un relojero. Su padre, procurador de la Audiencia, abandona la casa cada madrugada. Su madre, dulce pero inflexible, observa desde la penumbra. Su tía Antonia, solterona y áspera, enseña catecismo con pellizcos. Su hermana Alicia, serena y bella, acepta sin cuestionar. Pero ella, la protagonista, nace distinta: inquieta, con los ojos demasiado vivos, hoyuelos maliciosos en las mejillas. Las reglas de la casa son claras como el agua: los niños corren, saltan, trepan a los árboles sin consecuencias. Las niñas deben ser modestas, recatadas, moverse con cuidado, hablar con discreción. Cuando su hermano Gastón vuela en el columpio suspendido del viejo laurel, ella lo imita. Cuando su madre aparece en el umbral, viene la orden seca: «¡Niña! ¡Bájate esa falda!». Gastón puede hacerlo, le explican. Él es hombre. Este pequeño despropósito marca el despertar de una conciencia incómoda. La niña acumula preguntas que nadie desea responder. Observa, acecha con astucia de gata, busca explicaciones en los rostros de los adultos, en los silencios entre sus padres, en la cama de hierro del dormitorio de su padre. Una tarde, refugiada en las sombras del portal, una amiga precoz revela una verdad que la golpea como un rayo: el matrimonio, ese sacramento que la Iglesia bendice, existe para un propósito corporal que la niña nunca había imaginado. La indignación es inmediata: «Eso lo harán los matrimonios indecentes.» Pero la verdad, una vez conocida, no puede olvidarse. La obsesión comienza. Busca confirmación en cada grieta de la realidad, interroga con disimulo, observa los rituales cotidianos de sus padres. No puede detenerse. No puede vivir cómodamente en la mentira.