En 1861, en el Teatro Iturbide, Francisco Zuela ordena el asesinato del padre de su amada. Entre ese año y 1862, Juan Antonio Mateos y Vicente Riva Palacio colaboraron en quince obras teatrales que consolidaron el romanticismo en la escena…
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En 1861, en el Teatro Iturbide, Francisco Zuela ordena el asesinato del padre de su amada. Entre ese año y 1862, Juan Antonio Mateos y Vicente Riva Palacio colaboraron en quince obras teatrales que consolidaron el romanticismo en la escena mexicana. Siete de estos dramas perduran en Las liras hermanas, colección publicada en 1871. En estas obras conviven el melodrama de pasiones irresolubles con comedias que satirizaban los hábitos de la sociedad ilustrada. Un momento decisivo en la evolución del teatro mexicano donde dos jóvenes dramaturgos experimentaban con libertades creativas que la tradición neoclásica había prohibido.
En el Teatro Iturbide de 1861, un drama comienza cuando Francisco Zuela ordena a unos bandidos el asesinato del padre de su amada. Aquella escena marca el punto de partida de un período fecundo en la historia teatral mexicana: entre 1861 y 1862, los jóvenes dramaturgos Juan Antonio Mateos y Vicente Riva Palacio escribieron juntos al menos quince obras que transformaron la escena de la ciudad de México.
Años de teatro neoclásico, sujeto a reglas rigurosas y una moral didáctica, habían limitado la imaginación de los dramaturgos. Las tres unidades de tiempo, lugar y acción constreñían las historias. El lenguaje, fiscalizado; la violencia, prohibida en escena. Pero la política cambió, el poder pasó a manos liberales tras la Guerra de Tres Años, y con esta transformación llegó también una nueva libertad estética. Mateos y Riva Palacio abrazaron sin titubear el melodrama romántico: historias del pasado, personajes movidos por pasiones individuales, mundos donde el destino parecía inmutable.
Las siete obras que sobreviven en Las liras hermanas, publicada en 1871, muestran esa transición. Odio hereditario es pura tragedia: dos familias enemigas, dos amantes atrapados en un conflicto que los supera. El crimen cometido parece irreversible; la muerte aguarda a los protagonistas. Pero aquí emerge una característica de la época: ante la reacción del público, los autores ofrecieron un final alterno donde todo se resuelve casi milagrosamente. Moreli, quien parecía irredimible, aparece vivo, perdona a su enemigo y concede la mano de su hija. Esta concesión revela cómo estos dramaturgos entendían su arte no como expresión de una verdad estética sino como entretenimiento sensible a los favores de la audiencia.
Borrascas de un sobretodo presenta un mundo distinto: la ciudad de México, vecinos de clase media con aspiraciones culturales, una trama de enredos causada por una prenda de ropa que cambia de manos. Emeterio, hombre maduro pero jovial, presta su sobretodo a un amigo y termina acusado de libertinaje. La comedia retrata con gracia los gustos y afectaciones de la sociedad ilustrada. No busca enseñanza moral profunda sino divertir mientras contempla con ironía a quienes pretenden refinamiento.
Las liras hermanas captura un momento de aprendizaje intenso de dos jóvenes dramaturgos experimentando con el romanticismo que transformaba la escena latinoamericana. En estas siete obras conviven la ambición trágica con la ironía burlona, la pasión irresoluble con la sátira de costumbres, un teatro que buscaba simultáneamente la verdad emocional y el favor del público.
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