Cuando alguien dispara la mano hacia nuestros ojos, cerramos automáticamente los párpados, incluso sabiendo que es broma. Así comienza Descartes su investigación sobre las pasiones del alma, rechazando el tratamiento insuficiente de los…
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Cuando alguien dispara la mano hacia nuestros ojos, cerramos automáticamente los párpados, incluso sabiendo que es broma. Así comienza Descartes su investigación sobre las pasiones del alma, rechazando el tratamiento insuficiente de los antiguos filósofos. Propone comprender las pasiones desde nuevos fundamentos: analizando cómo el cuerpo funciona como máquina compleja, regida por circulación sanguínea y gobernada por espíritus animales que fluyen del cerebro.
Un filósofo comienza su investigación sobre las pasiones rechazando el legado incompleto de los antiguos maestros. Considera que cada persona experimenta íntimamente sus propias pasiones sin necesidad de observaciones ajenas, pero lo enseñado hasta ahora le parece tan escaso y poco creíble que decide comenzar como si nadie hubiera tocado el tema antes.
La premisa fundamental es simple: lo que es pasión para un sujeto es acción para otro. Son la misma cosa desde perspectivas distintas. Para entender las pasiones del alma, hay que distinguir sus funciones de las del cuerpo. El alma no genera calor ni movimientos corporales; provienen del cuerpo mismo, máquina completa y autosuficiente como un reloj. El corazón es su motor: fuego perpetuo mantenido por sangre que circula sin cesar. Esta sangre se divide en partes sutilísimas que llegan al cerebro, transformándose en espíritus animales: cuerpos microscópicos que se mueven a velocidad extrema. Estos espíritus corren por nervios hacia músculos, generando las contracciones que producen todos nuestros movimientos.
La máquina del cuerpo funciona tan perfectamente que responde a estímulos sin participación del alma. Cuando una mano se aproxima amenazante a los ojos, los párpados se cierran automáticamente, aunque sepamos que es amigo en broma. El cuerpo obedece su propia programación física, como un reloj marca la hora por disposición de sus piezas. Incluso acciones como respirar, caminar y comer ocurren sin intervención voluntaria, reguladas únicamente por la conformación de los miembros y el curso natural de los espíritus animales.
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